JUEGOS2

Juegos

por Rita Hostt / SOBREBUE

El nuevo espectáculo de Ariel del Mastro es el nuevo hit del musical argentino. La temática pega fuerte y la música original es imperdible.

Basada en la obra prohibida de Roma Mahieu, Juegos nos abre el mundo de un grupo de compañeros de escuela que, lejos de las miradas del mundo adulto, exploran a través del juego sus lugares menos permitidos. Los juegos serán el canal por el cual se expondrán problemáticas tales como el bullying, la discriminación, el descubrimiento del cuerpo, los secretos familiares y los límites, liberando la violencia y los prejuicios contenidos.

El espectáculo fue creado para verse por streaming pero estrena presencialmente el 10 de enero y ya se sabe que va a ser imperdible, así es cuando hay un equipo que desborda tanto talento. Los jóvenes artistas (que la rompen) son: Agustina Cabo, Nicolás Cucaro, Tomás Kirzner, Carolina Kopelioff, Alan Madanes, Maia Reficco y Julia Tozzi. De la adaptación, la dirección de actores, las letras de canciones y la puesta en escena se encarga nadie menos que Marcelo Caballero, ¿Te suena Lo quiero ya, mejor musical off 2018?. Donde está Caballero es probable que también esté Juan Pablo Schapira -y viceversa- quien se ocupa de la música, la dirección musical y las letras de canciones. Muchas ganas de que salga el disco porque los temas son una bomba. Cuando un dúo funciona, se nota, Schapira y Caballero ya trabajaron juntos en Lo quiero ya, Piano blanco, La población y Una mísera historia.

De Ariel del Mastro no podemos esperar nada menos que un espectáculo con todas las letras, acá el foco está puesto en contar el cuento y la atención no se escapa para ningún otro lado. Juegos es una obra que se hace preguntas y las responde visceralmente, es pura pólvora y peligro, está viva. Súper recomendable.

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Juegos ¿Cuál es tu límite?

por Monica Berman / LA MAQUINA DE ESCRIBIR

¿Por dónde empezar? Todo inicio es necesariamente arbitrario. Todo recorte, uno entre múltiples recortes.Asociamos, no nos queda otra, con aquello que nos tocó, que nos resulta significativo.

Entonces elijo: “No va a venir. Son mentiras lo de la enfermedad y que va a tardar unos meses, eso me dijo la tía, pero yo sé que no va a venir. A vos te lo puedo decir porque vos entendés las cosas” primeras oraciones de Conejo, el maravilloso cuento de Abelardo Castillo que le da la voz a un niño; a través suyo nos enteramos de una serie de cosas del mundo de los adultos que, realmente, no querríamos que existiesen. 

Aproximadamente unos quince años después se estrena Juegos a la hora de la siesta de Roma Mahieu…mientras los adultos duermen, los niños juegan y reproducen lo que ven y procesan como pueden lo que viven. 

También se puede empezar por otro lado ¿qué tematizan los musicales? ¿se puede generalizar rasgos de su dramaturgia en términos estadísticos? ¿qué imaginario de los musicales construyen los que no son espectadores de musicales? Ay, cuántas dilaciones, qué preguntas inútiles…

Se podría, por ejemplo, hacer una especie de genealogía de lo que dirigió Ariel Del Mastro y veríamos coherencia y cohesión.

Vamos a decirlo tímidamente hay tanto musical con dramaturgia tan flojita (y no es una referencia a lo vernáculo)  que cuando en el género se juegan dan muchas ganas de festejarlo. 

Pero digamos más: toda puesta en escena es una transposición con respecto a un  texto dramático pero en este caso, además, hay una adaptación (brillante) que lleva el cambio de género a una propuesta fascinante.

Ahora sí, en el centro una plataforma circular inclinada. Por debajo algo así como ¿aserrín? (mmm, sin certeza) un elemento volátil, sin duda, que se adhiere a las superficies y que se desparrama con facilidad. Notable metáfora de la puesta. Algo así como una síntesis de lo que vendrá. La imposibilidad del equilibrio, la ausencia de la estabilidad, un soplo apenas dilapida en el espacio lo que estaba concentrado. La infancia es un poco así. 

La adaptación logra eludir lo que podría devenir fácilmente en posición panfletaria. El protagonismo de los intérpretes de manera sucesiva, cuando se hacen cargo de las canciones reparten algo más que las voces, diseminan el punto de vista, la focalización, las perspectivas.

Los desplazamientos colectivos  e individuales sobre el eje escenográfico proponen un reparto del espacio en sentido literal pero también figurado (Alonso corriendo alrededor del círculo cuando ya no lo controlan, es un ejemplo delicioso de esto).

Los intérpretes tienen un nivel muy parejo y cada uno tiene su momento de lucimiento tanto como cantantes como en su trabajo de actores. La escena de la caja con un gorrión invisible al que todos percibimos como real, los gestos, los miedos, los exabruptos… son casi una lección de estos jóvenes (pero en absoluto inexpertos) actores.

La letra y la música de las canciones, la interpretación de las mismas (algunas de una belleza inefable)… 

Es cierto que la obra de Mahieu es emblemática por una serie de circunstancias, Juegos, en su versión musical es emblemática por su calidad.

No es el texto verbal el que relata sino todo: hasta las rodilleras que, en las antípodas de una versión realista, señala el riesgo de los movimientos desde un principio.

Podría escribirse largamente, porque la cantidad de signos que se ponen en juego son profundamente interesantes pero dejemos algo de sorpresa para los espectadores. Eso sí, digamos que el primer final (porque hay otro, de los actores, no de los personajes) se inscribe a partir de la dramaturgia de iluminación de un modo tan potente que huelgan las palabras.

Se agradece una puesta  inteligente, con un trabajo de adaptación notable, con intérpretes a la altura de las circunstancias…

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Juegos: Un Musical fuerte y comprometido

por Daniel Falcone / MUSICALES BAIRES

En un año tan particular, el teatro ha sufrido uno de sus peores pruebas. Fue tildado de no esencial o sea imprescindible para el cotidiano humano.
No ha habido actividad presencial en nueve meses. Si nació contundentemente y para quedarse la modalidad “streaming”.
Lo visto hasta el momento son una o dos cámaras con alguna dirección, presentando en formato a la italiana como en el teatro convencional, algunos conciertos y un solo musical.
El estreno de “Juegos, La Obra” con letras y adaptación de Marcelo Caballero, música de Juan Pablo Schapira y la dirección general de Ariel del Mastro dio vuelta y redefinió este formato definitivamente.
Esta trabajo cinematográfico no afecta en nada la esencia teatral, es más, nos va llevando a donde nuestra mirada debe estar en el momento de la acción, para no perder detalle ni de la trama, ni de las actuaciones.
«Juegos, La Obra» esta basada en la obra Juegos a la Hora de la Siesta escrita por Roma Mahieu.
Roma Mahieu (nacida en Polonia en 1937) escribió Juegos a la hora de la siesta en 1976, año en que fue estrenada en Argentina, país al que la dramaturga emigró cuando tenía 10 años de edad.
En 1978 la obra fue prohibida por la dictadura militar argentina, con el argumento de que la pieza promovía prácticas subversivas.
Por este hecho la autora tuvo que exiliarse en España, en donde vive desde entonces.Juegos a la hora de la siesta se ha representado en varios países recibiendo diversos premios y menciones. La obra fue escrita en respuesta a la situación de opresión que vivíamos los argentinos durante la dictadura militar.
La historia escrita por Roma Mahieu narra la historia de unos niños entre 5 y 10 años de edad, quienes se reúnen en un parque de juegos infantiles, sin la vigilancia de sus padres. Todo lo que ahí ocurre oscila entre el juego y la violencia, en un ritmo que va creciendo, generando una tensión dramática importante.A pesar de que los personajes son niños, queda claro que no es de ellos de quienes la autora habla. A través de ellos la escritora genera un reflejo del mundo de los adultos y de lo que ocurría, en particular, en la Argentina oprimida por el poder totalitario. Ella misma ha dicho que recurrió al universo infantil un poco para burlar la censura y poder expresar su oposición a la violencia ejercida contra la sociedad por la dictadura militar en la época en que escribió la obra.Se trata de una obra fuerte, política y, desde luego, con un fuerte matiz ideológico.
La autora busca expresar o, mejor, desnudar a la violencia como parte de la condición humana. Está por otro lado su discurso en contra de los totalitarismos, del fascismo y de cualquier otro sistema de poder que oprima a los pueblos. Su obra habla de la violencia sólo para expresar su oposición a ella.
Llevar adelante este mundo dramático de la violencia y llevarla al formato de musical requiere de mucho trabajo, conocimiento del género y contenido profesional.
Los pilares están en la adaptación de la obra teatral realizado por Marcelo Caballero y la música de Juan Pablo Schapira. Amalgamar este tema trágico, – que es más que un drama -, y encontrar la música que no desdibuje tremendo texto, fue el logro principal. Los temas son potentes, como uno de ellos llamado La Nada.
Otro logro fue la puesta en escena también obra de Marcelo Caballero con la coreografía de Rosario Asencio juntos logran que Juegos sea visualmente tan impactante como el texto lo exige.
Solo un circulo inclinado rodeado de arena fue el diseño escenográfíco ideado por Vanesa Girlado para llevarnos a la plaza donde se desarrolla la historia.Esta producción tiene grandes profesionales en las distintas áreas que merecen ser nombrados como la dirección Vocal de Katie Viqueira y Juan Pablo Schapíra, el vestuario Alejandra Robotti , el impecable diseño de sonido de Eugenio Mellano Lanfranco, diseño asociado de iluminación de Gaspar Potocnik y grabación, mezcla y masterización de música de Martín Rodriguez. Esta enorme obra musical, no podría “ser”, sin el elenco joven y poderoso de Juegos. Ellos son Agustina Cabo, Nicolás Cucaro, Tomás Kirzner, Carolina Kopelioff, Alan Madanes, Maia Reficco y Julia Tozzi. Un director es aquel líder que sabe rodearse de lo mejor, lo sabe conducir y lo lleva a buen destino, Ariel del Mastro hizo todo esto y más.Realizó una transmisión sonora y de imagen impecables, la mejor vista en un “streaming” nacional hasta el momento.Lograr que este texto, uno de lo más destacado de la dramaturgia argentina, pueda ser vivenciado en su total dimensión y en versión musical, nos alienta a pensar que no todo está perdido y que no hay solo mediocridad, también aparecen en el camino directores como Del Mastro.Juegos es un musical fuerte y comprometido. Para los que sobrevivimos a la dictadura del 76 es un tema sentido que no hay que olvidar nunca y es el teatro el que lo recuerda y rememora en toda su crudeza.Es un tema para repensar permanentemente porque la Humanidad no entiende lo suficiente.

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La nueva dupla creativa goleadora del teatro musical local

por Leni Gonzalez / LA NACION

Marcelo Caballero y Juan Pablo Schapira, creadores de Lo quiero ya, multipremiado éxito del off, formaron una sociedad artística que se extiende a otros proyectos: ya con tres obras en cartel

Uno viene de Rosario, aunque nació en Córdoba; el otro, de General Roca, Río Negro. Uno, director; otro, músico; y ambos, por distintos caminos desde 2008, encontraron su lugar en el mundo teatral de Buenos Aires. Hasta que un día, alrededor de una mesa, los presentaron.

«Marcelo Caballero, vas a ocuparte de la dirección, y vos, Juan Pablo Schapira, de la música. Nos gusta lo que hacen y por eso los llamamos», dijeron Nahuel Quimey Villarreal y Lucien Gilabert, los voceros de la primera camada de egresados de CAST, el Centro Artístico de Selección de Talentos de Telefe, con ganas de llevar a cabo un proyecto musical con la impronta de artistas que admiraban. La única consigna era que hablara de la ansiedad y la locura cotidiana por «llegar».Ads by

«A nuestro juego nos llamaron, somos enfermos de ansiedad, no podemos parar», dicen Caballero y Schapira al recordar aquel inicio inesperado que dio comienzo a Lo quiero ya, el musical estrenado en 2017 y que sigue, ya en tercera temporada, siempre en El Galpón de Guevara, después de ganar el año pasado los premios Hugo a mejor musical off y mejor dirección en musical off. Y el éxito de público que conoce de memoria a la docena de personajes y sube a Instagram videos en la calle cantando «No quiero estar acá, me sigo metiendo con cosas que no voy a continuar/, no quiero estar acá, preferiría estar muriendo lentamente atropellada por un tren pero no acá, ¿me entendés?/ Seguro a vos te pasa lo mismo», el himno de protesta millennial que esta dupla creativa supo encontrar en una forma de trabajo común.

«Lo quiero ya habla de nosotros, de lo que nos pasa, es el grito de ‘¡todo está mal!’ que sentimos ante la vida. Pusimos adelante a las personas que cada vez están más solas, con sus celulares, pero como perdidas», dice Caballero quien reconoce que, después de pasar por budismo, yoga y variadas terapias alternativas, fue en el teatro donde descubrió no las respuestas pero si el modo de «descansar en las preguntas». Para «Chapa», como lo llaman todos, uno siempre vuelve adonde se siente bien. «Y los ensayos son un momento de creatividad al tope donde hay propuestas de los actores, del director, de los músicos, de cada parte y se prueba y de ahí sale, es un rompecabezas en el que cada pieza se va acomodando al todo», explica el pianista que vive -igual que el director- en estado de ebullición: «Escribimos en la calle. Te juro que la letra de ‘No quiero estar acá’ me salió de un tirón, por la calle, llegué y la probé en el piano. Cuando algo te baja así, tenés que confiar en esa versión, siempre es la que queda».

Aunque la anécdota ya la contaron varias veces, todavía a Caballero le sorprende acordarse de que cuando vio el primer ensayo general, temió que nadie entendiera nada, un miedo que se borró muy pronto. «También yo tengo miedo. Cada vez que Marcelo me pide una canción, me muero de miedo», dice el músico y la respuesta no tarda en llegar: «Chapa siempre propone y, como también es actor, sabe qué ritmo es necesario. Y es tan teatral para escribir que ha pasado que sus canciones crearon escenas, es decir, trae algo y a partir de eso surge la acción. El libro nunca es la autoridad, trabajamos por partes y a partir de distintas iniciativas».

Pero se consolidaron como dupla creativa. Además de continuar con Lo quiero ya (del elenco original quedan solo cinco nombres: Schapira, Gilabert, Quimey, Vicky Cáceres y Macarena Forrester), estrenaron el unipersonal Piano blanco, interpretado por Gimena González como Marilyn Monroe. «Empezamos Gimena y yo, coincidimos en el interés por Marilyn, y lo sumé a Chapa que rápidamente comprendió al personaje para componer la música y canciones», dice el director y Schapira agrega: «Usamos nuestras experiencias personales para las letras, tuvimos mucha empatía con el mundo interior de esta mujer».

Si bien ambos reconocen influencias comunes, no recorrieron los mismos caminos. Schapira cursó Comunicación Social en la UBA mientras que estudió música y actuación con distintos profesores desde chico: «Era una especie de Alejandro Lerner, un baladista romántico, siempre se me dio por ahí. Me gusta experimentar con los instrumentos como si fueran juguetes». Por otro lado, Caballero se formó en comedia musical en Rosario, estudió un tiempo en Berlín (donde, dice, cambió su visión de las artes escénicas) y ya en Buenos Aires, consiguió su primer trabajo como actor en Barbie live!, con Liz Solari, en el Ópera. A partir de ahí, se sucedieron varios papeles en el teatro comercial pero no en escena sino como director de actores y asistente de dirección: «Ariel del Mastro, con quien trabajé en Aladin y American Idiot, es un maestro para mí, alguien que me obliga, en el buen sentido, a entender el juego». En paralelo a este rumbo, su otra pasión es el teatro clásico. Su versión musical de Bodas de sangre estuvo tres años en cartel en El Método Kairós.

A su vez, Schapira pasó por dos Bienales de Arte joven, ambas con otro socio creativo, el autor Ignacio Olivera, con quien hizo Caso de éxito (premio Hugo a mejor musical off 2016) y Mamá está más chiquita, ambas dirigidas por Marcelo Albamonte (aún en cartel). Además de muchos otros trabajos como la dirección musical de Hotel Neurotik, dirigida por Gonzalo Castagnino.

«No creo en las diferencias entre musical y teatro de texto con música. Es teatro y punto y depende del lenguaje de cada director. La música es un actor más», dice Caballero y advierte que en Lo quiero ya no todos cantan: «Hay cuatro actores que no tienen formación musical pero se acoplaron a los ensayos y entendieron el código. En el caos, surge un orden».

La otra tarea del dúo, junto con Martín Goldber, es la dirección, desde el año pasado, de «Elenco original», un taller que integra el Laboratorio creativo de teatro musical, coordinado por Caballero en El Galpón de Guevara desde hace diez años. De esa usina surgieron, por ahora, dos obras armadas de principio a fin por el grupo: La población, que se estrenó en el Cultural Freire, y El herrero y el diablo, a partir de diciembre en El Galpón.

«Este es un gran momento del musical en el país. Hay que profundizar la mirada hacia adentro, ver nuestros problemas, nuestra manera de decir, tenemos las herramientas», dicen ambos, ansiosos, inquietos, sin techo para imaginar cuerpos que cuentan con letra y música.

https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/teatro/la-nueva-dupla-creativa-goleadora-del-teatro-musical-local-nid2287410/

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El Lado B de una Diva Eterna

por Leni Gonzalez / LA NACION

La imagen de Marilyn es de una familiaridad casi incomprensible para una actriz muerta hace casi 60 años. El consumo pop, las leyendas rubias y la fascinación de la belleza rota por la tragedia la congelaron en una foto eterna. Desandar ese camino alisado es lo que se propusieron la actriz y cantante Gimena González, el director y autor Marcelo Caballero y el músico Juan Pablo Schapira. Un objetivo desafiante, que debía ser construido en detalles, para equilibrar el peso del ícono faltamente sexy. Gran elección, la obra ancla en un hecho casi desconocido: la internación durante pocos días y por error en un neuropsiquiátrico. Descalza, con un camisón, desde la cama, la actriz lo cuenta con su lenguaje, el del cine, como si fuera un thriller. En la pared, los efectos apoyan el suspenso con sombras. El cuento de cómo llegó a ese lugar conduce a la confusión inicial, la de la mujer que borró el origen y cargó con el abandono.

Al lado de la cama, un piano blanco que Schapira no deja de tocar acompañando en tono jazz melódico a la actriz en varias canciones (unas siete) que ponen luz en los sentimientos más íntimos. Ese piano, además, no es cualquier instrumento ni está ahí por casualidad: es «el» piano blanco que la madre de Norma/Marilyn le había regalado y luego vendido, y que ella, ya famosa, recobró. Es el encuentro con lo perdido y la esperanza de lo recuperable, a pesar de que faltaba tan poco para el final. Sutileza en cada gesto, batallas minúsculas entre la pasión y la inseguridad que la carcomían, verdad en el cuerpo, la performance de Gimena González hace justicia a su talento, dirigido esta vez por un sommelier de musicales como Caballero.

https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/piano-blanco-el-lado-b-de-una-diva-eterna-nid2280149/

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Piano Blanco

por Guillermo Barrios / CHAPEAU Argentina

La leyenda, la mítica rubia Hollywoodense, la mujer, la Norma Jean que cambió de piel, la tortura del alma que nunca se fue… Marilyn Monroe estuvo tres días internada en un hospital psiquiátrico- dato histórico real que muy pocos sabían- y es allí donde tuvo que enfrentar a sus fantasmas, a sus dolores, a su pasado y a esa mano querida que tan penosamente la soltó marcándola para siempre. Y un Piano Blanco que suena igual que todos, pero que fue una bisagra en su existencia. Ante semejante hecho verídico, los espectadores de teatro musical tenemos la gracia de sentir y experimentar la visión personal de Marcelo Caballero y su poderío teatral en un momento mágico del género con Gimena González en el protagónico y Juan Pablo Schapira- responsable de la música y sus letras- en piano. Lo volcado en escena por González, actoral y vocalmente, es soberbio. ES Monroe, ES Norma, ES todo lo que quiere ser. Es verdad pura. La música de Schapira establece una nueva vara en el pentagrama vernáculo y la dirección de Caballero es perfecta como así también su guión que es sinónimo de poesía pura. Entre proyecciones que suman y luces que rebasan buen gusto, PIANO BLANCO es, innegablemente, una de las opciones mas interesantes y ricas de la cartelera de teatro musical del circuito alternativo, de visión obligatoria cada viernes a las 23hs en El Método Kairós. Porque vale la pena ver el lado oscuro de la luna, de una estrella. Y si es con absoluta verdad, mucho mejor.

https://www.facebook.com/ChapeauArgentina/photos?tab=album&album_id=2362086533875281

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Lo Quiero Ya

por Jose Marina / LA LETRA TAL VEZ

“No sé lo que quiero, pero lo quiero ya…” gran canción de Luca Podrán, si es grande porque descree el mundo actual. Y hay alguien que recobra esa frase, con la finalidad de realizar una comedia musical, está acorde a los tiempos que convivimos, vos o yo. Porque no agregar a esa vecina que se convierte en tu memoria barrial. ¿‘Quién es ese hombre? Te lo digo sin tapujos, Marcelo Caballero. Un gentilhombre que hace un recorrido de nuestra vida, de vuestra sociedad. La realidad es que es in mundo de los jóvenes pero te atrapa y eso que yo soy un viejo, tuve que recorrer mi propia historia y llevarme a esa etapa que no pintaba canas y deshacer los prejuicios en la puerta del teatro. Y Caballero me sedujo y su obra “No sé lo que quiero”, es un golpe certero al corazón. Me enamore de la ansiedad de esos personajes que luchan por sus sueños. Si el sueño es ansiolítico, estamos en presencia de una obra teatral ansiolítica. A pesar de mis canas rejuvenecí unas cuantas épocas al recordar mi ansiedad, si hay música y canciones mi corazón desolado se enamora.
Entre en el juego de seducción que te propone una obra artística, si hay movimiento y si hay acción, mucho mejor. En la butaca Caballero me acosaba y me llevó a la esa época donde lo sueños no los relegaba, jugué y fui feliz, me olvide de mi propia existencia. Esos personajes que cantaban,  me llevaron a esa época donde mis sueños eran parte de mi vida. Ellos contaban bajo las luces de un escenario desprovisto de escenografía. Al entrar apagué mi celular, para mí no es parte de mi existencia, seguramente te preguntaras el por qué. La obra habla de eso, y este joven director se pregunta en toda la obra porque esa mierda que llamamos celular, nos digitaliza nuestra existencia  Nos lleva a nuestros miedos, a nuestros temores a nuestro sueños. Los prejuicios no están dejados de lado, como también nuestros deseos, nuestras insatisfacciones que compartí con Marcelo Caballero.  Esas sensaciones son las mías. Mirá y veras que son las tuyas. Todos tenemos miedo de quedarnos incomunicados y la obra busca una respuesta filosófica de la vida que es adonde vamos como sociedad  La respuesta es sencilla, estamos cibernetizados.
Hagamos un párate, y hablemos de ese universo que nos propone esta obra “Lo quiero ya”, es ese universo digitalizado por esa cosa que sirve para comunicarnos, y todos la usamos como agenda de nuestra existencia. Esa cosa que nos marca la rutina de cada día. Ese elemento nos hace ansiolíticos por recurrir a la inteligencia artificial Y esa memoria, es ese elemento que llamamos celular. Aquí me quiero parar, al ver la obra pensaba en “2001, odisea del espacio” de Stanley Kubrick, un mundo manejado por esa memoria artificial Si bien esta obra no pretende ese nivel de cuestionamiento social, es una crítica al universo en que nos movemos. Y si en esa película es una pregunta a donde vamos como sociedad, Caballero también nos marca un rumbo que es tan meritorio como aquella película.
Los personajes de esta obra son ansiolíticos, como la canción que hicimos referencia al comienzo, buscando respuestas mundanas mediante ese artefacto que nos comunica.  Las preguntas de los personajes son mundanas  A ellos le suceden cosas como a vos, como a mí.  Problemas cotidianos y sueño de cualquier persona normal. Sueños, fantasías, deseos hasta sus necesidades lo expresan mediante el dialogo y las canciones de la obra. . Para Marcelo Caballero la vida es una pelea por cumplir esos deseos.
La obra habla de un mundo frustrante Hay un mago que no gana un carajo con sus animaciones, la frustración de una actriz que no consigue un papel, como contrapartida esta la actriz que es acosada por un productor para conseguir un papel. Además esta una profesora de yoga frustrada que solo espera el amor. Muestra lo que podemos hacer para sostener una pareja que se ha roto hace tiempo. Y está también ese joven que quiere realizar un hit musical, y se tiene que conformar con ser empleado de un bar. A esta camada de personajes se le suma esa mujer que vende ilusiones que no sirven para un nada.  No podemos olvidar la labor de los médicos que también necesitan dormir, están presentes. Todos ellos buscan ser felices, y está el problema que es la mediatización de nuestras vidas.
En la obra te propone una pregunta, ¿la felicidad es posible? La respuesta es sencilla no lo sos, mientras estés acorralado por esa gran matriz que te indica lo que tienes que hacer. La felicidad es efímera, cuando nos encontramos con nosotros mismos. Y es ahí donde nos olvidamos de nuestra mediatización, dejamos de ser ansiolíticos. Y termina la obra. Salí del teatro y prendí el celular, acordándome que esa mierda era la piedra en mis zapatos. Mientras las canciones de estos actores jóvenes que seguramente  tienen las mismas frustraciones que sus personajes resonaban en mi cabeza, mientras mis pies pisan el asfalto.

http://laletratalvez.blogspot.com/2019/05/critica-la-obra-teatral-lo-quiero-ya.html

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Teatro: Marcelo Caballero presenta “Saverio”. Insulanos y gobernadoresco

por Luis de Luis / PERIODISTAS ESPAÑOLES

Yo señores, porque lo quiso así vuestra grandeza fui a gobernar vuestra Ínsula Barataria. He declarado dudas , sentenciado pleitos y siempre muerto de hambre por haberlo querido así el doctor Pedro Recio de Agüero, natural de Tirteafuera, médico insulano y gobernadoresco.

Miguel de Cervantes

La admirable escenografía sumerge y aturde (intencionadamente) al espectador y le lleva a  un lugar fuera del tiempo y el espacio, ajena a referencias, restricciones o asideros.

Es un espacio cerrado y distante por donde deambulan unos personajes preparando una farsa en la que no dudan en embaucar al público.

Es un espacio extraño, como, para hacernos una idea, una encrucijada entre los mundos de Philip K. Dick y Lewis Carroll, como si los replicantes hubieran invadido «El País de las Maravillas». 

Es el espacio que Marcelo Caballero  ha escogido para ofrecer su versión de “Saverio el Cruel” el único texto teatral de ese secreto a voces que es el deslumbrante escritor argentino Roberto Arlt, (1900 – 1942)  maestro  del arte de narrar y dueño  del sentido de la maravilla y del asombro, además de estar en posesión de una lucidez extrema.

Cualidades todas que Caballero no ha dudado en hacer resplandecer en su brillante puesta en escena (de endiablada dificultad) de “Saverio” en la que recrea el inmortal episodio del Quijote en el que, como se recordará, los duques de Villahermosa, para reírse de Sancho Panza, fingen nombrarle gobernador de la Ínsula Barataria; dispuestos a disfrutar de una sarta de sandeces se llevan una enorme decepción cuando el escudero se revela como hombre juicioso  y cabal. El juego se les ha ido de las manos.

Como se les al grupo de personajes devorados por el tedio que conciben hacer creer a un vendedor de mantequilla, Severio, que contribuir a rescatar a una dama, Susana, presa de una alucinación que la lleva a creerse una princesa perdida en el bosque mediante su participación en una farsa para devolverle la cordura.

Así, la función se mueve en tres planos distintos y simultáneos ( ya se dijo hace unas líneas que era endiablada): la creación de la farsa, la farsa en sí y la realidad de los personajes que se deslizan con precisión cronométrica ante los deslumbrados espectadores , algo a lo que no es ajeno un intenso y engrasado reparto encabezado por un iluminado Matías Marmorato como Saverio, gradualmente ahíto de poder y trascendencia y una encandilada y caprichosa Ángela Chica que no duda en marcar el paso de estos juegos de dominación, de esta danza hacia ninguna parte cuyos bailarines no encuentran un Clavileño para salir volando.

https://periodistas-es.com/teatro-marcelo-caballero-presenta-saverio-insulanos-y-gobernadorescos-119362

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Lo quiero ya: el brillante musical de los millennials argentinos

por Leni Gonzalez / LA NACION

Lo quiero ya / Libro: Marcelo Caballero y Martín Goldber / Música y letras: Juan Pablo Schapira / Elenco: Andrés Passeri, Victoria Cáceres, Sacha Bercovich, Macarena Forrester, Candela Redín, Lucien Gilabert, Lala Rossi, Julieta Rapetta, Salvador Romano, Victoria Condomi, Juan Pablo Schapira y Nahuel Quimey Villarreal / Coreografía y vestuario: Marina Paiz / Dirección musical: Juan Pablo Schapira / Dirección de actores: Martín Goldber / Dirección y luces: Marcelo Caballero / Sala: Galpón de Guevara (Guevara 326) / Funciones: domingo, a las 19 / Duración: 90 minutos / Nuestra opinión: excelente

La potencia de un musical fermenta en su recuerdo. Si somos capaces de reconocer esas canciones días más tarde, fuera del teatro y mientras cocinamos, es que la semilla germinó. Por pegadizas, porque dan ganas de bailar y gritar, porque dicen algo de nuestras vidas, porque nos dejaron felices, un efecto fiesta sin receta transferible hallado por el maestro Juan Pablo Schapira, creador de la música y las letras, y el director Marcelo Caballero, autor del libro junto con Martín Goldber. Los tres escarbaron en la obviedad del agobio diario para dar luz a Lo quiero ya, un mazazo a la generación sub-35, millennials apurados y aterrados por cumplir sus metas, pero también a cualquiera que transite una ciudad en busca de eso que quizá sea el éxito.Ads by

«Te juro que voy, bancame que llego, la calle está imposible pero ya me organicé. Yo puedo con todo, yo me encargo», dice la obertura. «¿Quién dijo que así no se puede vivir?», cantado por doce protagonistas que corren de un lado a otro, con el celular en la mano, por el laberinto Pacman armado como escenografía. Atrás, Franco de Paoli (batería), Pablo Barone (bajo) y Gabriel Mathus (guitarra), dirigidos por Schapira, que también actúa, parodiándose a sí mismo: es Kevin, el que quiere vivir de su música pero vende café detrás de un mostrador.

Igual que él, todos cumplen rutinas que no desean y sueñan lo que aún no consiguieron: Guadalupe es médica pero odia las guardias (Macarena Forrester); Inés es estudiante crónica mientras atiende mesas en un bar (Victoria Cáceres); Iván es mago pero le toca animar fiestas infantiles (Nahuel Quimey Villarreal); Giselle está perdida en la cabina del peaje (muy divertida Lala Rossi); Ana es la profesora de yoga que no consigue pareja (Julieta Rapetta); Mía, la actriz talentosa que recorre castings sin suerte (Lucien Gilabert, nominada a los Hugo como revelación); Sofía, la actriz y modelo elegida que no se siente valorada (Vicky Condomi); Walter, el director de casting que quiere ser influencer (Sacha Bercovich); Malena, una emprendedora insoportable que no consigue convencer a nadie (destacable Candela Redín), en pareja con Alejandro, más interesado en su apariencia que en la convivencia (Salvador Romano), y, por último, Luis (Andrés Passeri), el psicólogo que los coachea por teléfono a través de una aplicación que acompaña a los usuarios durante las 24 horas, tarea que también lo tiene encerrado en el sinsentido.

Cada uno canta su canción y todos son muy buenos intérpretes. Pero Lo quiero ya no es una reunión de individualidades que se lucen un poco más o menos cada una, sino que es en el funcionamiento grupal -coral, coreográfico, actoral, musical- donde se sacan brillo uno al otro, una locura coordinada como un reloj, sin desequilibrios y con una precisa dirección. Pero sobre todo lo que desbordan es entusiasmo y conexión con lo que dicen e interpretan: «resistir porque es temporal», «alcanzar la zanahoria», «estar en foco» y continuar y no parar son los mantras de estos personajes tan identificables en la realidad.

Reciente ganadora de dos premios Hugo a mejor musical del off y mejor director del off para Caballero, Lo quiero ya le canta con humor a la infelicidad histérica de los que creen que otro destino los espera. Porque ninguno está dispuesto a bajarse del formulario de objetivos, a no pagar internet, a sacarse la careta de proactivo y disponible. En ese laberinto, no hay salida ni en las drogas. «Preferiría estar muriendo lentamente atropellada por un tren pero no acá», dice. «No quiero estar acá», la que cantan todos al final, marcha no de la bronca sino de la rabia individual, vacía de culpables, asumida como regla del juego: «Seguro que a vos -repiten juntos- te pasa lo mismo».


Publicado originalmente en La Nación.

LALA

Entrevista a Marcelo Caballero y Lala Rossi

por Diego Avalos / A SALA LLENA

Lo quiero ya! obtuvo en la última entrega de los premios Hugo al teatro musical dos importantes estatuillas de sus siete nominaciones: Mejor Musical Off y Mejor Director Off.  Pocos días antes, A Sala Llena tuvo un encuentro con su creador y una de sus protagonistas. En una charla donde sobrevolaron ansiedades, risas y reflexiones, pudimos acercarnos a una de las propuestas musicales más originales de la temporada. Una obra con una mirada tan dura como divertida de unos tiempos tan virtuales como reales.

¿Cómo empezó a gestarse Lo quiero ya!?

Marcelo: Empezó de las ganas de juntarse entre amigos para hacer un proyecto. El elenco que protagonizó el año pasado había hecho el Cast Telefé y tenían ganas de hacer algo juntos, así que llamaron a un equipo externo a ellos para hacerlo. Ahí entramos en la jugada Marina Paiz en coreografía, Juan Pablo Schapira en la música y letras y yo en la dirección.  No nos conocíamos entre nosotros, fue como una unión mágica, los mismos chicos del elenco nos fueron recomendando. Nosotros después sumamos a Martín Goldber para que nos ayudara con el libro. Hicimos la primera temporada y tuvo una muy buena aceptación. Continuamos con la obra y con la continuidad vinieron muchos cambios, reestructuraciones,  ajustes, mucho ensayo y mucho tiempo. Y eso mismo nos empujó a cambiar el elenco. Ahora es la tercera temporada.

Cuando se juntaron, ¿por qué eligieron el tema que tratan con la obra y no cualquier otro?

Marcelo: El elenco original tenía desde el comienzo la idea de hablar de la ansiedad. Nosotros nos sentamos a investigar y a jugar con ellos, indagamos en sus preguntas, en sus inquietudes. Y  en ese proceso nos encontramos que coordinar ensayos era imposible, que llegar a horario era complicado, que encontrarnos para escribir era quijotesco. Dijimos: “Bueno, el germen está ahí, en cómo vivimos en esta ciudad, donde todo es complicación, donde hay muchas ventanas abiertas al mismo tiempo y alcanzar cualquiera es toda una aventura.” Vos pensá que yo vengo del interior. Soy cordobés,  viví mucho en Rosario y hace diez años que vivo acá. Y me vine con sueños simples que se me fueron complejizando, con objetivos básicos que cada vez fueron más grandes. Y de golpe te encontrás con siete trabajos al mismo tiempo, corriendo para dar clases, con otro mundo del que te habías imaginado.

¿Vos viniste a Buenos Aires para ser actor o director?

Marcelo: Vine en la búsqueda. Yo había dirigido en Rosario pero también actuaba. Estaba entre las dos cosas. Fue el mismo devenir de las actividades y de los proyectos el que me fue inclinando más para la dirección. Aunque cuando un proyecto me gusta mucho, voy y actúo, hago mi apuesta. Pero la dirección es lo que amo y lo que más me gusta hacer. Es donde me siento más cómodo.

¿Por qué fueron modificando tanto de una temporada a otra?

Marcelo: Es una obra coral. Entonces empezamos primero a delinear los personajes y los personajes nos fueron pidiendo más, nos fueron exigiendo. Y eso hizo que la obra se ramificara tanto que en un momento hubo que acotarla para que contara nuestra idea primaria. No queríamos dejar una moraleja, pero sí que estés en la butaca y te digas: “Ah, bueno, así vivo…” La obra busca eso. No te enseñamos nada porque no creemos que haya nada que enseñar. No creemos que haya una forma de escapar de la vida en la gran ciudad. Creo que individualmente uno puede encontrar sus formas de fuga de esta realidad en la que estamos casi de manera obligada. Pero escape real, no hay.

Lo quiero ya! es la historia de 12 personas sumergidas en la rutina enloquecedora de una gran ciudad. Estas personas tienen algo en común: una conexión que bordea lo obsesivo con sus celulares. En ellos hay una aplicación desde la cual una suerte de asistente personal  les dice que tienen que hacer y decir para poder alcanzar sus metas y soportar la presión diaria. El día que el asistente desaparece la contención se cae. ¿Cómo sobrevivir al mundo y a uno mismo en medio de una desesperación cada vez más creciente? Así se convierte Lo quiero ya! en un grito por una necesaria y descontrolada liberación.

La obra es como un friso, como una gran pintura. Se cuenta al mismo tiempo la vida de varios personajes pero la cuestión pasa menos por la evolución de una historia que por la mostración de un estado angustiante.

Marcelo: A mí me sucede que tengo una conexión mucho más fuerte con el teatro conceptual que con el teatro narrativo. Me gustan más esas ideas. Y si bien hice teatro narrativo, aún cuando lo haga manejo más procedimientos de teatro conceptual. Por ejemplo, me gustan los actores en escena todo el tiempo, me gusta el trabajo constante del actor. Me gusta que se vea la fábrica, que se vea el teatro. Que la fantasía se termine de contar a través del ambiente que elegimos para contar la historia, no solamente por la historia misma. Me fascina la tramoya. En Lo quiero ya! cuando terminamos de escribir el libro, esa idea de estar todo el tiempo en escena, del laberinto y del juego, no estaban. Pero el devenir de la obra lo fue pidiendo. Era la forma más clara de contar la locura de la ciudad. Es el Pac-Man que armamos con la escenógrafa como metáfora de lo que es vivir en una ciudad: sos un bicho que corre comiendo todo el tiempo y que escapa de fantasmas, que no sabés que buscás y lo único que conseguís cuando terminaste de comer es pasar a otra pantalla exactamente igual, con los mismos fantasmas, un poco más complicada, pero que no tiene salida, que no te lleva a ningún lado, que no te da ningún premio. ¿Dónde estamos yendo? Así es como terminamos poniendo a los 12 actores corriendo sin parar, alcanzando objetivos, escapando de sus propios fantasmas, y llegando al final del día queriendo explotar. Sabiendo por supuesto que al otro día se van a levantar para volver a repetir toda esa misma locura.

Cualquiera que escuche esto puede decir: “Estos no son artistas, son empleados de fábrica que trabajan catorce horas seguidas”. ¿Vos Lala te reconocés en esa misma problemática de la angustia y la ciudad?

Lala: Me reconozco, claro. Hoy día trabajo de lo que amo. Antes no. Y me reconozco en los dos lados. No es que termina la angustia por hacer lo que uno quiere. Yo soy una apasionada de lo que hago, pero en el ritmo y en la neurosis eso no cambia. Es más, se intensifica, me vuelvo mucho más exigente con las cosas que hago. Quiero que salga excelente, y por eso es más alta la exigencia.

Entonces en hacer lo que a uno le gusta tampoco es la felicidad.

Lala: No sé qué es la felicidad… (piensa y de pronto se ríe) La chica se ponía existencialista (risas). Pero hay un cambio. Hay un sentido de la vida. Es subjetivo, pero a mí me sucedió. De todas maneras hay un modo de llevarlo a cabo que sigue siendo el mismo laberinto, pero con carita de teatro en vez de con caritas de perfume, que era lo que vendía antes.

¿Es tan angustiante dedicarse a lo que a uno le gusta?

Marcelo: Lo que es angustiante es el lugar donde lo hacemos. La ciudad. El sistema. Es como elegimos vivir, como estamos tan desorganizados. Yo particularmente creo que somos tantos queriendo alcanzar objetivos, que sin querer terminamos poniéndoles ruedas a los de al lado. Y terminamos siendo su fantasma. Es la presión del éxito. Esa palabra que la tenemos tan metida en la cabeza como objetivo principal y de alguna manera, en mayor o menor grado, lo terminamos tomando como propio. Así solamente está bien lo que el otro está haciendo y eso termina contaminando tu propio deseo, lo hace mutar, lo vuelve otra cosa por la que hacemos incluso todo lo que no nos conviene.

¿Y hay otra manera?

Marcelo: No lo sé. Creo que hay formas de escapar cada tanto y de salirte de tu vida para mirarla un poco de lejos. Eso trato de hacer yo por lo menos.  Me aíslo para después poder volver al juego un poco más descargado. Es decir, tengo que seguir, no queda otra. Y ese es el momento más angustiante, cuando uno se encuentra con esa realidad. Y la acepta. Tengo que salir a jugar y matarme por esos papelitos que necesito para comprar comida, no tengo otra. Sigo en el Monopoly. O en El estanciero, para ser más argento. Eso es Lo quiero ya! Hacerlo lo más rápido posible para que te afecte lo menos posible.

Lala observa a Marcelo con suma atención. Asiente con cada una de sus palabras, susurra por lo bajo sus afirmaciones. Es una actriz totalmente compenetrada con su trabajo, con la obra y su director. La pasión teatral gira en el aire. Las risas no hacen menos serio el sentir de cada frase.

¿Vos Lala viste la primera versión?

Lala: Si, dos veces. Y me encantó. Me atravesó mucho la obra. Y la verdad es que no soy público concurrente de las obras musicales. Pero con esta obra me pasó que lloré, me reí, me atrevesó. Y para mí el teatro te transforma cuando te atraviesa. Cuando salgo de la sala y siento que no soy la misma. Recuerdo haberle dicho a Marcelo que sentía que le iba a ir muy bien a la obra, que era muy necesaria. Pero jamás se me hubiera ocurrido que iba a estar ahí dentro. Cuando me llamó Marcelo fue una gran sorpresa. Y un gran desafío. Nunca había estado en una obra musical. En el proceso del ensayo soñaba, tenía pesadillas con que no iba a poder. Fue todo muy nuevo.  Estar pendiente de cuando entra la música, estar pendiente de las coreografías, estar pendiente de muchas más cosas de las que yo estaba acostumbrada.

Marcelo: Contá del primer ensayo.

Lala: El primer ensayo estábamos montando la coreografía y hacemos un corte. En eso viene una persona y me dice: “Tené cuidado porque acá nos estamos chocando”. Okey, okey, le digo, muy tímida. Y al ratito viene otra persona y me dice: “Che, escuchame, ojo en la coreo porque vos tendrías que agarrar por acá…” Y seguía. Llegó un momento en que me dije: “Basta, yo tengo que blanquear esto”. Y los reuní a todos y les dije: “Chicos, es la primera coreografía que hago en mi vida”. Todos se me quedaron mirando. Silencio mortal. Y después empiezan a decir: “¡Ah, ok, ok!” Pasé a ser la contenida del grupo. (Risas) Pero bueno, yo estoy asombrada de haber logrado todo lo que hice. Y de repente descubrir algo que me gusta. Y que no lo sabía.

¿Y vos por que la llamaste?

Marcelo: Yo creo que es un musical para actores. No lo pensamos nunca como un espectáculo virtuoso ni de canto ni de danza. Si tiene mucha música y coreos, pero que en realidad son lenguajes para poder contar lo que a ellos les está pasando. Los personajes están alienados, y todo eso se cuenta a partir de un actor que entiende lo que tiene que hacer. Todos en el elenco son gente que canta y baila muy bien, pero por sobretodo son actores. Y aunque este fuera el primer musical de Lala, yo la llamé porque sabía que me iba a poder representar como nadie la locura del personaje de Giselle. Estábamos con Martin Goldber, el coautor, y, literalmente, dijimos: “¿Quién para Giselle?” Nos miramos y la llamamos a Lala al momento. Yo a ella la conozco desde que hicimos Bodas de sangre. Es una actriz con la que yo disfruto mucho laburar. Primero porque nos entendemos… (Mira a Lala) Ahora no te ponga a llorar.

Lala: (Con los ojos húmedos) Bueno, si, perdón… (Risas)

Marcelo: Es una actriz muy generosa. Ella te da, te da, te da, y vos tenés para elegir. Como director entonces es muy sencillo trabajar con actores que no dejan de ofrecerte, que no tienen puesto el ego en el lugar del brillo, sino en la obra, en su personaje y en el conjunto.

Igual Lala, en todo el conjunto, destaca sola.

Marcelo: Si, claro.

Lala: Basta. Basta. Me da vergüenza…

 ¿Qué prejuicio te sacaste del musical?

Lala: Yo no soy prejuiciosa. Pero si que encontré cosas diferentes. Por ejemplo, con el musical gané mucha energía positiva. En el teatro de prosa hay algo más existencialista, que yo lo tengo, y que me hago cargo. Algo más denso, más grave. Y en el musical eso existe, pero también hay como un brillo especial, como una energía más para arriba, más a pecho. Y eso me encantó.  Yo creí que eso era superficial. Y no lo es, en absoluto. Ese fue un prejuicio que me saqué. Vos pensá que mi obra favorita es Relojero de Discepolo. Yo necesito un libro que ya de leerlo diga: “Ufff, me mató”. Y esto a mi me mata, me conmueve, y al mismo tiempo no es un tango.

¿Para vos hay diferencia entre el musical y el teatro?

Marcelo: Para mí es teatro, que sé yo. Es como un subgénero, como hacer drama o comedia o tragedia o comedia musical. Es un género más. Yo no veo esa diferencia. Sí por supuesto a la hora de hacer, porque tiene encares diferentes, lenguajes diferentes. Pero no hay otra diferencia. Las diferencias están en cada director, en lo que tiene de lenguaje personal, en su forma de contar, en cómo pone en escena. Uno de mis directores preferidos es Ivo Van Hove, que te hace de Las brujas de Salem a Lazarus, el musical de David Bowie. Y con lo que hace cala siempre profundo. Por eso, no creo que haya diferencias. Para mi tiene que ver más con el prejuicio, pero un prejuicio de afuera. Ese público que en un musical pregunta: “¿Por qué se ponen a cantar?” En vez de dejarse atravesar por algo. Y puede que lo experimentes y no te suceda nada, como hay gente que el ballet no le provoca nada.

Lala: El teatro es muy personal.

Marcelo: Es una impresión y está bueno que así sea. Está buena la convivencia. Hay óperas que depende de cómo esté hecha la puesta en escena te pasa todo o no te pasa nada. No hay que poner el peso en el género.

Lala: Si, pero el mito teatral dice lo contrario. Eso existe.

Marcelo: Si, se lo creyó al musical como un género menor durante mucho tiempo.

Sucede que hay muchos musicales con libros muy interesantes que en vez de dar mayor preponderancia a los aspectos emotivos o de transformación de sus personajes, apuestan más a la destreza en el baile o en el canto.

Marcelo: Si, pero eso tiene que ver con la mirada de cada director, y que importancia le da a cada cosa. Hay espectáculos que la podés pasar maravillosamente bien y no te dejan nada. Y hay obras que te parten la cabeza. A mi uno de los espectáculos que más me movilizó fue La cuna vacía de Omar Pachecho. ¿Y dentro de qué género lo enmarcas? ¿Qué es eso? Son montones de áreas unidas con un objetivo. El autor sabrá lo que es. Pero para mí no es un condicionante.

Pero si vos ves un musical donde hay un actor sin un compromiso emotivo, ¿te quedás afuera? ¿Cómo director lo permitís?

¡No! Me ido reputeando de musicales, gritando: “¡¿Quién fue el que estuvo al frente de esto?!” Es cierto que existe la deformación profesional, te sentás y solo pensás en procedimientos. Preguntarse cómo una persona llegó a algo así. ¿Por qué? A veces esas respuestas las encontrás y son muy tristes.

Lala: Para mí lo importante es ver en el actor, en el género que sea, lo visceral. El cuerpo apasionado.  Lo que me encanta de Lo quiero ya! es que si algo pongo es el cuerpo, todo el tiempo. Una continuidad, una música interna que está siempre encendida. Lo hermoso del teatro para mi es ver actores viscerales, en el género que sea. Poner el cuerpo, ponerse en riesgo. Lo correcto puede ser hermoso, pero a mí no me modifica. Y Lo quiero ya! en ese sentido me parece cero correcto.

Marcelo: Es cierto, el equipo entero se lanza en una búsqueda constante. Todo el tiempo estamos modificando, ajustando, y la energía de todo el grupo va hacia ese lugar. Eso nos alimenta, esa búsqueda quizás sea lo que nos evita la trampa de correr y de ser jugadores todo el tiempo.

Marcelo tiene una forma de expresarse muy segura y a la vez muy cálida. Tiene ideas firmes, pero las expresa con mucha delicadeza y buen humor. Es comprensible porque su elenco lo aprecia tanto, se ve en él a un verdadero líder positivo.

¿Cómo es Marcelo como director?

Lala: Tiene una disciplina del trabajo que amo. Los ensayos son de tal a tal hora, esto es lo que te tenés que aprender. Es exigente, no te deja pasar ninguna. Y eso lo agradezco, porque te hace estar en una búsqueda constante. Por eso todo el elenco está así también. Nunca va a decir: “Bueno listo, este es el techo”. No. Siempre vamos por más. Y yo soy así con mi trabajo a la hora de encarar un proyecto. Por eso creo que me encontré con un espejo en ese sentido. Y me encanta. Porque también es generoso. Te va a decir lo que está bien y lo que hay que modificar. Es un director con todas las letras.

Suena sano.

Lala: Si, olvidate. Todo es en pos de la obra y de tu crecimiento como actriz. Jamás pero jamás, y hace años que lo conozco, es capaz de indagar en un lugar molesto o doloroso de tu persona. El mundo teatral es un poco hostil. Pero en este caso no. Puro crecimiento desde un lugar de exigencia sana, que es para mí la mejor manera de crecer.

Marcelo: Algo que yo agradezco mucho al equipo es aceptar que nunca terminamos de entender bien la obra. Y eso es hermoso. Nos permitimos cambiar, agregar, sacar, correr. Decir: “Si, es esto lo que queremos contar, pero la obra tiene dos años, es un bebé, apenas si sabe caminar. Hay que seguir creciendo”. Y el elenco lo entiende, nos acompaña.

 ¿Y cuál es la devolución de la gente?

Marcelo: Nos sorprendió mucho. Nunca creímos que la gente nos iba a decir: “Me reí, lloré y me estoy yendo con una nube de ideas en la cabeza, no puedo dejar de pensar lo mal que estamos viviendo”. Hubo un chico que se me acercó y me dijo: “Estamos re locos, estamos muy mal de la cabeza y no nos damos cuenta”. Es el premio más grande que nos llevamos con la obra. Pensá que el foco fue pasarla bien con amigos, con gente que teníamos ganas de trabajar, y ya vamos más de 40 funciones, en poco más de un año, y pasan estas cosas, funciona el boca a boca y viene gente que la ve una y otra vez, ¡hasta nos mandan videos cantando nuestras canciones! Es hermoso, la gente se atraviesa con lo que uno hace, y  eso se convierte en el alivio que uno necesita.

¿Y con la gente grande? Porque la obra es muy generacional.

Marcelo: Yo tengo un grupo de alumnos adultos mayores, y uno de ellos me dijo: “La verdad no me identifico con lo que pasa, pero sí me voy preguntando qué fue lo que hicimos mal para que nuestros hijos vivan de esta manera”.

Lala: Guau… Patada en el pecho

Marcelo: Si. Eso fue un montón.

Lala: Todo este mundo de las redes sociales es muy loco. Una vez una amiga me dijo: “Empecé a subir cosas malas. ¿Qué pasa? ¿Son todos felices?” No hay lugar para la constipación emocional. Es un lugar careta, nadie tiene un mal día, todo es perfecto. De hecho está comprobado que hay gente que ingresa a las redes y empieza a deprimirse al comparar su vida con las del resto. Es todo mentira, pero uno se la cree. Nuestros personajes se lo creen. Y por eso están tan atrapados.

¿Y que los diferencia a ustedes de los personajes? Ellos corren todo el día y son unos desgraciados, ni siquiera tienen un momento de tranquilidad.

Marcelo: Yo creo que están corridos en sus necesidades, en sus objetivos, en sus ganas. La vida los empujó done no quieren estar. Nosotros queremos estar acá.

Lala: Si, es cierto.

Marcelo: Nosotros queremos estar haciendo esto, aunque esto nos conlleve algunas angustias, algunas tristezas, algunos movimientos en falso.

Lala: Es como dice la canción final que cantan todos los personajes: “No quiero estar acá”.

Marcelo: Claro, los personajes no quieren estar ahí. Ellos están trabajando en trabajos que no los hacen felices. Quieren abarcar lo más posible para alcanzar el ideal de felicidad. Y no pueden. Es un espejismo.

Quizás ellos no lo sepan, pero con la misma obra están dando una posible solución. Por más de una hora un grupo de personas se reúne en un lugar tan especial como es un teatro y logran olvidarse del afuera, del ego y del celular. Muchas personas que pueden emocionarse por el dolor ajeno, reírse con libertad, disfrutar de buena música y soñar teatro. Compartir, conmoverse, estar. ¿No es eso la felicidad?

¿Qué les gusta del teatro chicos? 

Lala: Lo increíble del teatro es que es de las pocas cosas que se generan en vivo y en directo, ahí, delante de tuyo, todo lo que está pasando está ahí, para vos, en ese momento.  Es hermoso. Hay que vivir haciendo teatro.

Marcelo: La otra vez vi Christiane de Belen Pascualini, que es una obra hermosa, y al final ella dice: “Gracias por compartir este secreto conmigo”. Eso es el teatro. Un secreto que se comparte entre los que están, algo  que sucede solamente en ese momento. Una realidad sin edición, sin filtros. Algo que solamente sucede.

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