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Teatro: Marcelo Caballero presenta “Saverio”. Insulanos y gobernadoresco

por Luis de Luis / PERIODISTAS ESPAÑOLES

Yo señores, porque lo quiso así vuestra grandeza fui a gobernar vuestra Ínsula Barataria. He declarado dudas , sentenciado pleitos y siempre muerto de hambre por haberlo querido así el doctor Pedro Recio de Agüero, natural de Tirteafuera, médico insulano y gobernadoresco.

Miguel de Cervantes

La admirable escenografía sumerge y aturde (intencionadamente) al espectador y le lleva a  un lugar fuera del tiempo y el espacio, ajena a referencias, restricciones o asideros.

Es un espacio cerrado y distante por donde deambulan unos personajes preparando una farsa en la que no dudan en embaucar al público.

Es un espacio extraño, como, para hacernos una idea, una encrucijada entre los mundos de Philip K. Dick y Lewis Carroll, como si los replicantes hubieran invadido «El País de las Maravillas». 

Es el espacio que Marcelo Caballero  ha escogido para ofrecer su versión de “Saverio el Cruel” el único texto teatral de ese secreto a voces que es el deslumbrante escritor argentino Roberto Arlt, (1900 – 1942)  maestro  del arte de narrar y dueño  del sentido de la maravilla y del asombro, además de estar en posesión de una lucidez extrema.

Cualidades todas que Caballero no ha dudado en hacer resplandecer en su brillante puesta en escena (de endiablada dificultad) de “Saverio” en la que recrea el inmortal episodio del Quijote en el que, como se recordará, los duques de Villahermosa, para reírse de Sancho Panza, fingen nombrarle gobernador de la Ínsula Barataria; dispuestos a disfrutar de una sarta de sandeces se llevan una enorme decepción cuando el escudero se revela como hombre juicioso  y cabal. El juego se les ha ido de las manos.

Como se les al grupo de personajes devorados por el tedio que conciben hacer creer a un vendedor de mantequilla, Severio, que contribuir a rescatar a una dama, Susana, presa de una alucinación que la lleva a creerse una princesa perdida en el bosque mediante su participación en una farsa para devolverle la cordura.

Así, la función se mueve en tres planos distintos y simultáneos ( ya se dijo hace unas líneas que era endiablada): la creación de la farsa, la farsa en sí y la realidad de los personajes que se deslizan con precisión cronométrica ante los deslumbrados espectadores , algo a lo que no es ajeno un intenso y engrasado reparto encabezado por un iluminado Matías Marmorato como Saverio, gradualmente ahíto de poder y trascendencia y una encandilada y caprichosa Ángela Chica que no duda en marcar el paso de estos juegos de dominación, de esta danza hacia ninguna parte cuyos bailarines no encuentran un Clavileño para salir volando.

https://periodistas-es.com/teatro-marcelo-caballero-presenta-saverio-insulanos-y-gobernadorescos-119362

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Lo quiero ya: el brillante musical de los millennials argentinos

por Leni Gonzalez / LA NACION

Lo quiero ya / Libro: Marcelo Caballero y Martín Goldber / Música y letras: Juan Pablo Schapira / Elenco: Andrés Passeri, Victoria Cáceres, Sacha Bercovich, Macarena Forrester, Candela Redín, Lucien Gilabert, Lala Rossi, Julieta Rapetta, Salvador Romano, Victoria Condomi, Juan Pablo Schapira y Nahuel Quimey Villarreal / Coreografía y vestuario: Marina Paiz / Dirección musical: Juan Pablo Schapira / Dirección de actores: Martín Goldber / Dirección y luces: Marcelo Caballero / Sala: Galpón de Guevara (Guevara 326) / Funciones: domingo, a las 19 / Duración: 90 minutos / Nuestra opinión: excelente

La potencia de un musical fermenta en su recuerdo. Si somos capaces de reconocer esas canciones días más tarde, fuera del teatro y mientras cocinamos, es que la semilla germinó. Por pegadizas, porque dan ganas de bailar y gritar, porque dicen algo de nuestras vidas, porque nos dejaron felices, un efecto fiesta sin receta transferible hallado por el maestro Juan Pablo Schapira, creador de la música y las letras, y el director Marcelo Caballero, autor del libro junto con Martín Goldber. Los tres escarbaron en la obviedad del agobio diario para dar luz a Lo quiero ya, un mazazo a la generación sub-35, millennials apurados y aterrados por cumplir sus metas, pero también a cualquiera que transite una ciudad en busca de eso que quizá sea el éxito.Ads by

«Te juro que voy, bancame que llego, la calle está imposible pero ya me organicé. Yo puedo con todo, yo me encargo», dice la obertura. «¿Quién dijo que así no se puede vivir?», cantado por doce protagonistas que corren de un lado a otro, con el celular en la mano, por el laberinto Pacman armado como escenografía. Atrás, Franco de Paoli (batería), Pablo Barone (bajo) y Gabriel Mathus (guitarra), dirigidos por Schapira, que también actúa, parodiándose a sí mismo: es Kevin, el que quiere vivir de su música pero vende café detrás de un mostrador.

Igual que él, todos cumplen rutinas que no desean y sueñan lo que aún no consiguieron: Guadalupe es médica pero odia las guardias (Macarena Forrester); Inés es estudiante crónica mientras atiende mesas en un bar (Victoria Cáceres); Iván es mago pero le toca animar fiestas infantiles (Nahuel Quimey Villarreal); Giselle está perdida en la cabina del peaje (muy divertida Lala Rossi); Ana es la profesora de yoga que no consigue pareja (Julieta Rapetta); Mía, la actriz talentosa que recorre castings sin suerte (Lucien Gilabert, nominada a los Hugo como revelación); Sofía, la actriz y modelo elegida que no se siente valorada (Vicky Condomi); Walter, el director de casting que quiere ser influencer (Sacha Bercovich); Malena, una emprendedora insoportable que no consigue convencer a nadie (destacable Candela Redín), en pareja con Alejandro, más interesado en su apariencia que en la convivencia (Salvador Romano), y, por último, Luis (Andrés Passeri), el psicólogo que los coachea por teléfono a través de una aplicación que acompaña a los usuarios durante las 24 horas, tarea que también lo tiene encerrado en el sinsentido.

Cada uno canta su canción y todos son muy buenos intérpretes. Pero Lo quiero ya no es una reunión de individualidades que se lucen un poco más o menos cada una, sino que es en el funcionamiento grupal -coral, coreográfico, actoral, musical- donde se sacan brillo uno al otro, una locura coordinada como un reloj, sin desequilibrios y con una precisa dirección. Pero sobre todo lo que desbordan es entusiasmo y conexión con lo que dicen e interpretan: «resistir porque es temporal», «alcanzar la zanahoria», «estar en foco» y continuar y no parar son los mantras de estos personajes tan identificables en la realidad.

Reciente ganadora de dos premios Hugo a mejor musical del off y mejor director del off para Caballero, Lo quiero ya le canta con humor a la infelicidad histérica de los que creen que otro destino los espera. Porque ninguno está dispuesto a bajarse del formulario de objetivos, a no pagar internet, a sacarse la careta de proactivo y disponible. En ese laberinto, no hay salida ni en las drogas. «Preferiría estar muriendo lentamente atropellada por un tren pero no acá», dice. «No quiero estar acá», la que cantan todos al final, marcha no de la bronca sino de la rabia individual, vacía de culpables, asumida como regla del juego: «Seguro que a vos -repiten juntos- te pasa lo mismo».

LALA

Entrevista a Marcelo Caballero y Lala Rossi

por Diego Avalos / A SALA LLENA

Lo quiero ya! obtuvo en la última entrega de los premios Hugo al teatro musical dos importantes estatuillas de sus siete nominaciones: Mejor Musical Off y Mejor Director Off.  Pocos días antes, A Sala Llena tuvo un encuentro con su creador y una de sus protagonistas. En una charla donde sobrevolaron ansiedades, risas y reflexiones, pudimos acercarnos a una de las propuestas musicales más originales de la temporada. Una obra con una mirada tan dura como divertida de unos tiempos tan virtuales como reales.

¿Cómo empezó a gestarse Lo quiero ya!?

Marcelo: Empezó de las ganas de juntarse entre amigos para hacer un proyecto. El elenco que protagonizó el año pasado había hecho el Cast Telefé y tenían ganas de hacer algo juntos, así que llamaron a un equipo externo a ellos para hacerlo. Ahí entramos en la jugada Marina Paiz en coreografía, Juan Pablo Schapira en la música y letras y yo en la dirección.  No nos conocíamos entre nosotros, fue como una unión mágica, los mismos chicos del elenco nos fueron recomendando. Nosotros después sumamos a Martín Goldber para que nos ayudara con el libro. Hicimos la primera temporada y tuvo una muy buena aceptación. Continuamos con la obra y con la continuidad vinieron muchos cambios, reestructuraciones,  ajustes, mucho ensayo y mucho tiempo. Y eso mismo nos empujó a cambiar el elenco. Ahora es la tercera temporada.

Cuando se juntaron, ¿por qué eligieron el tema que tratan con la obra y no cualquier otro?

Marcelo: El elenco original tenía desde el comienzo la idea de hablar de la ansiedad. Nosotros nos sentamos a investigar y a jugar con ellos, indagamos en sus preguntas, en sus inquietudes. Y  en ese proceso nos encontramos que coordinar ensayos era imposible, que llegar a horario era complicado, que encontrarnos para escribir era quijotesco. Dijimos: “Bueno, el germen está ahí, en cómo vivimos en esta ciudad, donde todo es complicación, donde hay muchas ventanas abiertas al mismo tiempo y alcanzar cualquiera es toda una aventura.” Vos pensá que yo vengo del interior. Soy cordobés,  viví mucho en Rosario y hace diez años que vivo acá. Y me vine con sueños simples que se me fueron complejizando, con objetivos básicos que cada vez fueron más grandes. Y de golpe te encontrás con siete trabajos al mismo tiempo, corriendo para dar clases, con otro mundo del que te habías imaginado.

¿Vos viniste a Buenos Aires para ser actor o director?

Marcelo: Vine en la búsqueda. Yo había dirigido en Rosario pero también actuaba. Estaba entre las dos cosas. Fue el mismo devenir de las actividades y de los proyectos el que me fue inclinando más para la dirección. Aunque cuando un proyecto me gusta mucho, voy y actúo, hago mi apuesta. Pero la dirección es lo que amo y lo que más me gusta hacer. Es donde me siento más cómodo.

¿Por qué fueron modificando tanto de una temporada a otra?

Marcelo: Es una obra coral. Entonces empezamos primero a delinear los personajes y los personajes nos fueron pidiendo más, nos fueron exigiendo. Y eso hizo que la obra se ramificara tanto que en un momento hubo que acotarla para que contara nuestra idea primaria. No queríamos dejar una moraleja, pero sí que estés en la butaca y te digas: “Ah, bueno, así vivo…” La obra busca eso. No te enseñamos nada porque no creemos que haya nada que enseñar. No creemos que haya una forma de escapar de la vida en la gran ciudad. Creo que individualmente uno puede encontrar sus formas de fuga de esta realidad en la que estamos casi de manera obligada. Pero escape real, no hay.

Lo quiero ya! es la historia de 12 personas sumergidas en la rutina enloquecedora de una gran ciudad. Estas personas tienen algo en común: una conexión que bordea lo obsesivo con sus celulares. En ellos hay una aplicación desde la cual una suerte de asistente personal  les dice que tienen que hacer y decir para poder alcanzar sus metas y soportar la presión diaria. El día que el asistente desaparece la contención se cae. ¿Cómo sobrevivir al mundo y a uno mismo en medio de una desesperación cada vez más creciente? Así se convierte Lo quiero ya! en un grito por una necesaria y descontrolada liberación.

La obra es como un friso, como una gran pintura. Se cuenta al mismo tiempo la vida de varios personajes pero la cuestión pasa menos por la evolución de una historia que por la mostración de un estado angustiante.

Marcelo: A mí me sucede que tengo una conexión mucho más fuerte con el teatro conceptual que con el teatro narrativo. Me gustan más esas ideas. Y si bien hice teatro narrativo, aún cuando lo haga manejo más procedimientos de teatro conceptual. Por ejemplo, me gustan los actores en escena todo el tiempo, me gusta el trabajo constante del actor. Me gusta que se vea la fábrica, que se vea el teatro. Que la fantasía se termine de contar a través del ambiente que elegimos para contar la historia, no solamente por la historia misma. Me fascina la tramoya. En Lo quiero ya! cuando terminamos de escribir el libro, esa idea de estar todo el tiempo en escena, del laberinto y del juego, no estaban. Pero el devenir de la obra lo fue pidiendo. Era la forma más clara de contar la locura de la ciudad. Es el Pac-Man que armamos con la escenógrafa como metáfora de lo que es vivir en una ciudad: sos un bicho que corre comiendo todo el tiempo y que escapa de fantasmas, que no sabés que buscás y lo único que conseguís cuando terminaste de comer es pasar a otra pantalla exactamente igual, con los mismos fantasmas, un poco más complicada, pero que no tiene salida, que no te lleva a ningún lado, que no te da ningún premio. ¿Dónde estamos yendo? Así es como terminamos poniendo a los 12 actores corriendo sin parar, alcanzando objetivos, escapando de sus propios fantasmas, y llegando al final del día queriendo explotar. Sabiendo por supuesto que al otro día se van a levantar para volver a repetir toda esa misma locura.

Cualquiera que escuche esto puede decir: “Estos no son artistas, son empleados de fábrica que trabajan catorce horas seguidas”. ¿Vos Lala te reconocés en esa misma problemática de la angustia y la ciudad?

Lala: Me reconozco, claro. Hoy día trabajo de lo que amo. Antes no. Y me reconozco en los dos lados. No es que termina la angustia por hacer lo que uno quiere. Yo soy una apasionada de lo que hago, pero en el ritmo y en la neurosis eso no cambia. Es más, se intensifica, me vuelvo mucho más exigente con las cosas que hago. Quiero que salga excelente, y por eso es más alta la exigencia.

Entonces en hacer lo que a uno le gusta tampoco es la felicidad.

Lala: No sé qué es la felicidad… (piensa y de pronto se ríe) La chica se ponía existencialista (risas). Pero hay un cambio. Hay un sentido de la vida. Es subjetivo, pero a mí me sucedió. De todas maneras hay un modo de llevarlo a cabo que sigue siendo el mismo laberinto, pero con carita de teatro en vez de con caritas de perfume, que era lo que vendía antes.

¿Es tan angustiante dedicarse a lo que a uno le gusta?

Marcelo: Lo que es angustiante es el lugar donde lo hacemos. La ciudad. El sistema. Es como elegimos vivir, como estamos tan desorganizados. Yo particularmente creo que somos tantos queriendo alcanzar objetivos, que sin querer terminamos poniéndoles ruedas a los de al lado. Y terminamos siendo su fantasma. Es la presión del éxito. Esa palabra que la tenemos tan metida en la cabeza como objetivo principal y de alguna manera, en mayor o menor grado, lo terminamos tomando como propio. Así solamente está bien lo que el otro está haciendo y eso termina contaminando tu propio deseo, lo hace mutar, lo vuelve otra cosa por la que hacemos incluso todo lo que no nos conviene.

¿Y hay otra manera?

Marcelo: No lo sé. Creo que hay formas de escapar cada tanto y de salirte de tu vida para mirarla un poco de lejos. Eso trato de hacer yo por lo menos.  Me aíslo para después poder volver al juego un poco más descargado. Es decir, tengo que seguir, no queda otra. Y ese es el momento más angustiante, cuando uno se encuentra con esa realidad. Y la acepta. Tengo que salir a jugar y matarme por esos papelitos que necesito para comprar comida, no tengo otra. Sigo en el Monopoly. O en El estanciero, para ser más argento. Eso es Lo quiero ya! Hacerlo lo más rápido posible para que te afecte lo menos posible.

Lala observa a Marcelo con suma atención. Asiente con cada una de sus palabras, susurra por lo bajo sus afirmaciones. Es una actriz totalmente compenetrada con su trabajo, con la obra y su director. La pasión teatral gira en el aire. Las risas no hacen menos serio el sentir de cada frase.

¿Vos Lala viste la primera versión?

Lala: Si, dos veces. Y me encantó. Me atravesó mucho la obra. Y la verdad es que no soy público concurrente de las obras musicales. Pero con esta obra me pasó que lloré, me reí, me atrevesó. Y para mí el teatro te transforma cuando te atraviesa. Cuando salgo de la sala y siento que no soy la misma. Recuerdo haberle dicho a Marcelo que sentía que le iba a ir muy bien a la obra, que era muy necesaria. Pero jamás se me hubiera ocurrido que iba a estar ahí dentro. Cuando me llamó Marcelo fue una gran sorpresa. Y un gran desafío. Nunca había estado en una obra musical. En el proceso del ensayo soñaba, tenía pesadillas con que no iba a poder. Fue todo muy nuevo.  Estar pendiente de cuando entra la música, estar pendiente de las coreografías, estar pendiente de muchas más cosas de las que yo estaba acostumbrada.

Marcelo: Contá del primer ensayo.

Lala: El primer ensayo estábamos montando la coreografía y hacemos un corte. En eso viene una persona y me dice: “Tené cuidado porque acá nos estamos chocando”. Okey, okey, le digo, muy tímida. Y al ratito viene otra persona y me dice: “Che, escuchame, ojo en la coreo porque vos tendrías que agarrar por acá…” Y seguía. Llegó un momento en que me dije: “Basta, yo tengo que blanquear esto”. Y los reuní a todos y les dije: “Chicos, es la primera coreografía que hago en mi vida”. Todos se me quedaron mirando. Silencio mortal. Y después empiezan a decir: “¡Ah, ok, ok!” Pasé a ser la contenida del grupo. (Risas) Pero bueno, yo estoy asombrada de haber logrado todo lo que hice. Y de repente descubrir algo que me gusta. Y que no lo sabía.

¿Y vos por que la llamaste?

Marcelo: Yo creo que es un musical para actores. No lo pensamos nunca como un espectáculo virtuoso ni de canto ni de danza. Si tiene mucha música y coreos, pero que en realidad son lenguajes para poder contar lo que a ellos les está pasando. Los personajes están alienados, y todo eso se cuenta a partir de un actor que entiende lo que tiene que hacer. Todos en el elenco son gente que canta y baila muy bien, pero por sobretodo son actores. Y aunque este fuera el primer musical de Lala, yo la llamé porque sabía que me iba a poder representar como nadie la locura del personaje de Giselle. Estábamos con Martin Goldber, el coautor, y, literalmente, dijimos: “¿Quién para Giselle?” Nos miramos y la llamamos a Lala al momento. Yo a ella la conozco desde que hicimos Bodas de sangre. Es una actriz con la que yo disfruto mucho laburar. Primero porque nos entendemos… (Mira a Lala) Ahora no te ponga a llorar.

Lala: (Con los ojos húmedos) Bueno, si, perdón… (Risas)

Marcelo: Es una actriz muy generosa. Ella te da, te da, te da, y vos tenés para elegir. Como director entonces es muy sencillo trabajar con actores que no dejan de ofrecerte, que no tienen puesto el ego en el lugar del brillo, sino en la obra, en su personaje y en el conjunto.

Igual Lala, en todo el conjunto, destaca sola.

Marcelo: Si, claro.

Lala: Basta. Basta. Me da vergüenza…

 ¿Qué prejuicio te sacaste del musical?

Lala: Yo no soy prejuiciosa. Pero si que encontré cosas diferentes. Por ejemplo, con el musical gané mucha energía positiva. En el teatro de prosa hay algo más existencialista, que yo lo tengo, y que me hago cargo. Algo más denso, más grave. Y en el musical eso existe, pero también hay como un brillo especial, como una energía más para arriba, más a pecho. Y eso me encantó.  Yo creí que eso era superficial. Y no lo es, en absoluto. Ese fue un prejuicio que me saqué. Vos pensá que mi obra favorita es Relojero de Discepolo. Yo necesito un libro que ya de leerlo diga: “Ufff, me mató”. Y esto a mi me mata, me conmueve, y al mismo tiempo no es un tango.

¿Para vos hay diferencia entre el musical y el teatro?

Marcelo: Para mí es teatro, que sé yo. Es como un subgénero, como hacer drama o comedia o tragedia o comedia musical. Es un género más. Yo no veo esa diferencia. Sí por supuesto a la hora de hacer, porque tiene encares diferentes, lenguajes diferentes. Pero no hay otra diferencia. Las diferencias están en cada director, en lo que tiene de lenguaje personal, en su forma de contar, en cómo pone en escena. Uno de mis directores preferidos es Ivo Van Hove, que te hace de Las brujas de Salem a Lazarus, el musical de David Bowie. Y con lo que hace cala siempre profundo. Por eso, no creo que haya diferencias. Para mi tiene que ver más con el prejuicio, pero un prejuicio de afuera. Ese público que en un musical pregunta: “¿Por qué se ponen a cantar?” En vez de dejarse atravesar por algo. Y puede que lo experimentes y no te suceda nada, como hay gente que el ballet no le provoca nada.

Lala: El teatro es muy personal.

Marcelo: Es una impresión y está bueno que así sea. Está buena la convivencia. Hay óperas que depende de cómo esté hecha la puesta en escena te pasa todo o no te pasa nada. No hay que poner el peso en el género.

Lala: Si, pero el mito teatral dice lo contrario. Eso existe.

Marcelo: Si, se lo creyó al musical como un género menor durante mucho tiempo.

Sucede que hay muchos musicales con libros muy interesantes que en vez de dar mayor preponderancia a los aspectos emotivos o de transformación de sus personajes, apuestan más a la destreza en el baile o en el canto.

Marcelo: Si, pero eso tiene que ver con la mirada de cada director, y que importancia le da a cada cosa. Hay espectáculos que la podés pasar maravillosamente bien y no te dejan nada. Y hay obras que te parten la cabeza. A mi uno de los espectáculos que más me movilizó fue La cuna vacía de Omar Pachecho. ¿Y dentro de qué género lo enmarcas? ¿Qué es eso? Son montones de áreas unidas con un objetivo. El autor sabrá lo que es. Pero para mí no es un condicionante.

Pero si vos ves un musical donde hay un actor sin un compromiso emotivo, ¿te quedás afuera? ¿Cómo director lo permitís?

¡No! Me ido reputeando de musicales, gritando: “¡¿Quién fue el que estuvo al frente de esto?!” Es cierto que existe la deformación profesional, te sentás y solo pensás en procedimientos. Preguntarse cómo una persona llegó a algo así. ¿Por qué? A veces esas respuestas las encontrás y son muy tristes.

Lala: Para mí lo importante es ver en el actor, en el género que sea, lo visceral. El cuerpo apasionado.  Lo que me encanta de Lo quiero ya! es que si algo pongo es el cuerpo, todo el tiempo. Una continuidad, una música interna que está siempre encendida. Lo hermoso del teatro para mi es ver actores viscerales, en el género que sea. Poner el cuerpo, ponerse en riesgo. Lo correcto puede ser hermoso, pero a mí no me modifica. Y Lo quiero ya! en ese sentido me parece cero correcto.

Marcelo: Es cierto, el equipo entero se lanza en una búsqueda constante. Todo el tiempo estamos modificando, ajustando, y la energía de todo el grupo va hacia ese lugar. Eso nos alimenta, esa búsqueda quizás sea lo que nos evita la trampa de correr y de ser jugadores todo el tiempo.

Marcelo tiene una forma de expresarse muy segura y a la vez muy cálida. Tiene ideas firmes, pero las expresa con mucha delicadeza y buen humor. Es comprensible porque su elenco lo aprecia tanto, se ve en él a un verdadero líder positivo.

¿Cómo es Marcelo como director?

Lala: Tiene una disciplina del trabajo que amo. Los ensayos son de tal a tal hora, esto es lo que te tenés que aprender. Es exigente, no te deja pasar ninguna. Y eso lo agradezco, porque te hace estar en una búsqueda constante. Por eso todo el elenco está así también. Nunca va a decir: “Bueno listo, este es el techo”. No. Siempre vamos por más. Y yo soy así con mi trabajo a la hora de encarar un proyecto. Por eso creo que me encontré con un espejo en ese sentido. Y me encanta. Porque también es generoso. Te va a decir lo que está bien y lo que hay que modificar. Es un director con todas las letras.

Suena sano.

Lala: Si, olvidate. Todo es en pos de la obra y de tu crecimiento como actriz. Jamás pero jamás, y hace años que lo conozco, es capaz de indagar en un lugar molesto o doloroso de tu persona. El mundo teatral es un poco hostil. Pero en este caso no. Puro crecimiento desde un lugar de exigencia sana, que es para mí la mejor manera de crecer.

Marcelo: Algo que yo agradezco mucho al equipo es aceptar que nunca terminamos de entender bien la obra. Y eso es hermoso. Nos permitimos cambiar, agregar, sacar, correr. Decir: “Si, es esto lo que queremos contar, pero la obra tiene dos años, es un bebé, apenas si sabe caminar. Hay que seguir creciendo”. Y el elenco lo entiende, nos acompaña.

 ¿Y cuál es la devolución de la gente?

Marcelo: Nos sorprendió mucho. Nunca creímos que la gente nos iba a decir: “Me reí, lloré y me estoy yendo con una nube de ideas en la cabeza, no puedo dejar de pensar lo mal que estamos viviendo”. Hubo un chico que se me acercó y me dijo: “Estamos re locos, estamos muy mal de la cabeza y no nos damos cuenta”. Es el premio más grande que nos llevamos con la obra. Pensá que el foco fue pasarla bien con amigos, con gente que teníamos ganas de trabajar, y ya vamos más de 40 funciones, en poco más de un año, y pasan estas cosas, funciona el boca a boca y viene gente que la ve una y otra vez, ¡hasta nos mandan videos cantando nuestras canciones! Es hermoso, la gente se atraviesa con lo que uno hace, y  eso se convierte en el alivio que uno necesita.

¿Y con la gente grande? Porque la obra es muy generacional.

Marcelo: Yo tengo un grupo de alumnos adultos mayores, y uno de ellos me dijo: “La verdad no me identifico con lo que pasa, pero sí me voy preguntando qué fue lo que hicimos mal para que nuestros hijos vivan de esta manera”.

Lala: Guau… Patada en el pecho

Marcelo: Si. Eso fue un montón.

Lala: Todo este mundo de las redes sociales es muy loco. Una vez una amiga me dijo: “Empecé a subir cosas malas. ¿Qué pasa? ¿Son todos felices?” No hay lugar para la constipación emocional. Es un lugar careta, nadie tiene un mal día, todo es perfecto. De hecho está comprobado que hay gente que ingresa a las redes y empieza a deprimirse al comparar su vida con las del resto. Es todo mentira, pero uno se la cree. Nuestros personajes se lo creen. Y por eso están tan atrapados.

¿Y que los diferencia a ustedes de los personajes? Ellos corren todo el día y son unos desgraciados, ni siquiera tienen un momento de tranquilidad.

Marcelo: Yo creo que están corridos en sus necesidades, en sus objetivos, en sus ganas. La vida los empujó done no quieren estar. Nosotros queremos estar acá.

Lala: Si, es cierto.

Marcelo: Nosotros queremos estar haciendo esto, aunque esto nos conlleve algunas angustias, algunas tristezas, algunos movimientos en falso.

Lala: Es como dice la canción final que cantan todos los personajes: “No quiero estar acá”.

Marcelo: Claro, los personajes no quieren estar ahí. Ellos están trabajando en trabajos que no los hacen felices. Quieren abarcar lo más posible para alcanzar el ideal de felicidad. Y no pueden. Es un espejismo.

Quizás ellos no lo sepan, pero con la misma obra están dando una posible solución. Por más de una hora un grupo de personas se reúne en un lugar tan especial como es un teatro y logran olvidarse del afuera, del ego y del celular. Muchas personas que pueden emocionarse por el dolor ajeno, reírse con libertad, disfrutar de buena música y soñar teatro. Compartir, conmoverse, estar. ¿No es eso la felicidad?

¿Qué les gusta del teatro chicos? 

Lala: Lo increíble del teatro es que es de las pocas cosas que se generan en vivo y en directo, ahí, delante de tuyo, todo lo que está pasando está ahí, para vos, en ese momento.  Es hermoso. Hay que vivir haciendo teatro.

Marcelo: La otra vez vi Christiane de Belen Pascualini, que es una obra hermosa, y al final ella dice: “Gracias por compartir este secreto conmigo”. Eso es el teatro. Un secreto que se comparte entre los que están, algo  que sucede solamente en ese momento. Una realidad sin edición, sin filtros. Algo que solamente sucede.

https://www.asalallena.com.ar/teatro/entrevista-marcelo-caballero-lala-rossi-diego-avalos/

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Seres que escapan de los fantasmas y de una ciudad que los devora

por Leni Gonzalez / LA NACION

Con la noticia de las siete nominaciones para los Premios Hugo, desde este domingo vuelve a El Galpón de Guevara el musical Lo quiero ya, la obra que provoca una inmediata identificación del público porque refleja la ansiedad por el logro de objetivos con la que se vive en una gran ciudad como Buenos Aires.

«Cuando a mediados de 2016 nos sentamos a pensar qué queríamos contar, a todos nos surgió la misma cuestión: la desmesura del día a día, correr de un lado a otro, llegar tarde, nunca dar abasto en busca del supuesto éxito», dice el rosarino aporteñado desde hace una década Marcelo Caballero, el director general de la puesta y autor junto con Martín Goldber y un equipo creativo integrado por Nahuel Quimey Villarreal, Lucien Gilabert y Rosario Irusta -«los pilares de la producción de la obra», dice-, la música y las letras de Juan Pablo Schapira (Mamá está más chiquita) y la coreografía de Marina Paiz.Ads by

La actriz que va de casting en casting, el músico que busca la oportunidad de largar el trabajo que lo mantiene, la estudiante crónica de formación interminable, el empresario que quiere más, la profesora de yoga que enseña paz interior sin tenerla son algunos de los once personajes que corren sin pausa con el celular en la mano en Lo quiero ya, más el número doce, el psicólogo virtual que, a través de una aplicación, aconseja cómo resolver cada paso, un tutorial existencial las 24 horas para, sin demora, tomar la decisión más certera para alcanzar la próxima «zanahoria», metáfora que atraviesa la obra. Todos pasan de un nivel a otro en el laberinto del Pacman, la escenografía, diseñada por Vanessa Giraldo, donde cada participante acumula puntos y escapa de los fantasmas pero nunca debe detenerse. Los que avanzan son Andrés Passeri, Victoria Cáceres, Sacha Bercovich, Macarena Forrester, Candela García Redín, Lucien Gilabert (nominada Revelación Femenina), Lala Rossi, Julieta Rapetta, Salvador Romano, Victoria Condomi, Juan Pablo Schapira y Nahuel Quimey Villarreal, además de la banda en vivo compuesta por Franco de Paoli (batería), Pablo Barone (bajo) y Gabriel Mathus (guitarra).

«Si bien Rosario es intensa, sentí mucho el cambio cuando me mudé a esta ciudad, donde todo el tiempo estás en la rueda del hámster junto a una multitud de talentos que no paran de surgir y con una enorme conexión con el hacer como, en general, somos los argentinos», dice Caballero, que ha trabajado como asistente de dirección en Aladín, será genialAmerican IdiotEl diario de Anna Frank, y dirigió varios clásicos -«mi gran pasión», reconoce-, como Bodas de sangreLa casa de Bernarda Alba y Saverio, el cruel. «Estamos muy felices con Lo quiero ya, desde el año pasado con tanta repercusión por el boca en boca. La gente nos manda videos a Instagram cantando las canciones», dice sobre el disco que ya está disponible en Spotify y a la venta en el teatro.

Por ahora, además de esperar la fiesta de los Hugo el 11 de septiembre (nominado en rubros Musical Off, Dirección, Libro, Música, Letras de Canciones, Coreografía y Revelación Femenina), comenzó a ensayar un nuevo proyecto, el unipersonal Piano blanco, otra vez con música del talentoso Schapira. «Es sobre los últimos días de Marilyn Monroe, personaje que asumirá una gran actriz y cantante, Jimena González. Tomamos los escritos, los poemas que se encontraron y que hablan de su complejidad y del universo interior que latía detrás de la mujer sexy», cuenta Caballero, que igual que sus criaturas de ficción no puede parar de generar tentadoras «zanahorias».

https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/teatro/seres-escapan-fantasmas-ciudad-devora-nid2165750/

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Musicales: «Lo quiero ya»

por Cecilia Della Croce / OCIOPATAS

Lo quiero ya es un genial musical argentino, galardonado con el Premio Hugo al Mejor musical del off en 2018, que vuelve en su tercera temporada a un espacio como el Galpón de Guevara, que por su onda industrial postmoderna es el ámbito propicio para esta fascinante maratón en clave de redes sociales, en la que vamos tras una zanahoria que siempre se va corriendo hacia el horizonte y nos queda cada vez más lejos como el espejismo del charco en la ruta.

Las historias de esta obra coral se entrelazan en una red donde confluyen los conflictos que atraviesa cada personaje: las relaciones de pareja, la competencia en el ámbito laboral, la preocupación por el dinero, los sueños y los deseos versus la realidad, la culpa, los miedos, el destino y la búsqueda de la felicidad. El resultado es un material, tanto el libro como las canciones, que no solo entretiene y divierte, sino que nos enfrenta a un espejo de nuestros propios planteos existenciales y cuestiona lo que tomamos como parte de la definición del mundo que nos toca vivir desde un planteo tan dinámico como inteligente.

La acción arranca con un despertador que nos zambulle en los avatares de un grupo de millenials, atrapados en la carrera cotidiana llena de estrés y adrenalina, en la que parece que siempre estamos volviendo al punto de partida, como un hámster trotando en la ruedita de su jaula. Cada uno tiene su propia rutina y lo que los une es que comparten un sistema, al mejor estilo Siri, un plan digital llamado ‘Estructura’ que es una suerte de voz de la conciencia 2.0 (Luis), pensado como un asistente omnipresente para organizarles la agenda y la vida, tanto laboral como amorosa con solo pagar por el servicio online.

Todo en Lo quiero ya funciona y atrae, de modo que la atención del espectador no decae ni por un minuto: desde el diseño escenográfico y de luces,  la propuesta coreográfica y las canciones con banda en vivo, hasta el muy sólido trabajo actoral de un elenco de jóvenes talentos que puede moverse entre la comedia musical brillante sin perder la empatía a hacer un fragmento de “La casa de Bernarda Alba” sin fisuras. Todos merecen y se ganan una ovación, pero se destacan particularmente Lucien  Gilabert, Karina Barda y Julieta Rapetta, divinas cantantes que tienen a cargo cuadros con muy buenas canciones que interpretan a la perfección.

¡Súper recomendable!

Opinión: Excelente.

https://ociopatas.com/2019/05/05/musicales-lo-quiero-ya-de-marcelo-caballero-y-martin-goldber/

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«Tristán e Isolda»: el drama de los amantes ardientes

por Cristina Aizpeolea / LA VOZ

Pródiga en comedias de enredo que se evaporarán junto con el verano,  shows musicales y clases públicas de humor de todos los colores, la oferta teatral de Carlos Paz reserva esta temporada una propuesta dramática para público adulto para los trasnoches del lunes y martes. Y eso ya es un dato para destacar.

Matías Pisera Fuster y Florencia Prada Duhagon son Tristán e Isolda. Son los amantes prohibidos que sufren porque no pueden dejarse, porque arden cada vez que vuelven a caer en un encuentro maldito.

Un despojado escenario negro, una tarima con dos cubos pequeños y uno grande, también negros. Allí transcurre batalla de estas dos personas enceguecidas. Y en esa puesta minimalista brillará el manejo de luces y de efectos especiales para que los cubos se conviertan en el bar, la cama o el ring donde se arma y se desarma la pareja.

La dirección de Marcelo Caballero exige a los actores una entrega corporal intensa, casi coreográfica, a la que Fuster y Prada responden con soltura y bastante comodidad. Los diálogos son afilados y se mantienen en un registro de crispación casi constante. Quizá una alternancia de matices haría funcionar mejor el estallido.

Tristán e Isolda, la historia de amor de la Irlanda vikinga que siglos después tomó Richard Wagner para crear una de las óperas más conmovedoras, se resignifica ahora en un texto del dramaturgo chileno Marco Antonio de la Parra. Los amantes actuales sufren la paradoja del amor. Luchan cuerpo a cuerpo para poder soltarse.

Tristán e Isolda. Con Matías Pisera Fuster y Florencia Prada Duhagon y dirección de Matías Caballero. Libro de Marco Antonio de la Parra, sobre la leyenda de Tristán e Isolda. Lunes y martes, a las 00.30, en Multiespacio Liv (Sarmiento 699, Villa Carlos Paz).

https://www.lavoz.com.ar/vos/teatro-carlos-paz/nuestro-comentario-de-tristan-e-isolda-el-drama-de-los-amantes-ardientes/

BDSWULLICH

BODAS DE SANGRE, tradición literaria

por Cristian Dominguez / MARTIN WULLICH

Creada en1933, Bodas de Sangre representa una etapa en la cual Federico García Lorca se había alejado de su poesía tradicional y trataba de plasmar la realidad en nuevas obras. Para ello visitó pueblos del sur de España, donde dio vida a un triunvirato que retrataba la vida restringida de las mujeres e incluía, junto a la mencionada, La casa de Bernarda Alba y Yerma.

Basada en un hecho real, en la víspera de una boda la novia escapa con su verdadero amor, rompiendo las reglas tradicionales y familiares de la época. En su narración, no sólo la novia y la madre tienen un lugar preponderante, sino también la luna y la muerte.

El grupo actoral es estupendo. El el acento español de sus integrantes exalta la obra y nos adentra más en la trama. El constante preceptismo, jugada acertada del director Marcelo Caballero, sorprende y fortalece la ambientación rural, aprovechando de manera dinámica el espacio y dejando todo a la vista. La unión de música tradicional española y dramaturgia clásica crece minuto a minuto. Sobresalen Tiki Lovera, en el papel de apasionada y protectora madre, y Jaime Díaz como la Luna, claro exponente de traición en la trama.

Es una excelente oportunidad para disfrutar Bodas de sangre, un clásico de la literatura española, y descubrir las vueltas que tiene la vida. Lorca invita a tomar conciencia de la libertad en el camino a tomar, de manera de tallar su destino y aprovechar las oportunidades. Cristian A. Domínguez

http://martinwullich.com/bodas-de-sangre-tradicion-literaria/

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Hace falta más Lorca en la vida

por Sandra Comisso / Clarín

«¿Por qué me miras así? Tienes una espina en cada ojo».

¿Hay algo que pueda ser más contundente que esa frase? Bodas de sangre es una manifiesto de la pasión más profunda y tremenda. Federico García Lorca no tenía miedo a hundirse en las profundidades más oscuras y dolorosas del sentimiento, cualquiera que fuese. Del amor al odio, de la locura al encierro, del pavor a la poesía, del desenfreno a la muerte, él recorría todo con las palabras como armas certeras.

Esta columna es una reivindicación de esa profundidad, de esa densidad que tienen sus obras, que arrastran al que está del otro lado (sea lector o espectador) como una rama frágil llevada por una ola voraz. No hace falta, para el que lo conoce, para el que lo siente, enumerar las virtudes de Lorca. Pero sentí la necesidad de volver a repasar su maravilloso (y también tremendo) mundo después de asistir a una función de Bodas de sangre, interpretada por un elenco argentino-español, y que dirige Marcelo Caballero (también actúa y no llega a los 30 años. Una prueba de que la edad no es nada más que un número).

Lo que sucede en la oscuridad de la sala, con esas palabras retumbando en las paredes, con la sangre de utilería y las lágrimas verdaderas, con los taconeos y lamentos flamencos a unos pasos de distancia, es como si un tsunami se metiera en el escenario, como si un volcán echara lava sobre los espectadores. ¿Exagerado? ¿Subjetivo? Seguramente. Pero ¿cuándo las cosas son de otra manera frente a un hecho artístico?

Dejando de lado las represiones y mandatos sofocantes que rodearon al propio Lorca y a los cuales defenestró con tanta belleza como ferocidad, el mundo lorquiano es la antítesis de nuestro alcalina y descolorida actualidad (llena de productos para desinfectar). Vivimos rodeados y regodeados de lo frugal, lo light, lo diet, lo careta, lo efímero, lo pasajero, lo virtual.

Son noticia relaciones que terminan antes de empezar, sentimientos agarrados con alfileres, pero alfileres de plástico. Parece que el foco de la vida no puede pasar la barrera de lo superficial; de lo que se ve a simple vista (llámese abdominales, siliconas, tatuajes, cirugías) da terror indagar, decir las cosas desde las entrañas, ahondar en lo más profundo de lo humano. Todo lo que Lorca pone de manifiesto y que llega como una cachetada hasta las butacas. Hay que bancárselo, pero lo recomiendo como un maravilloso ejercicio de catarsis. Si no te conmovés con eso, no te conmovés con nada.

https://www.clarin.com/espectaculos/teatro-federico-garcia-lorca-bodas-sangre-marcelo-caballero-metdodo-kairos-teatro_0_Syv1-Q9w7l.html

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Lorca con su acento justo

por Sandra Comisso / Clarín

En Buenos Aires puede verse una versión de “Bodas de sangre”, con flamenco y siete actores españoles. Lo que la acerca al tono original de la obra clásica.

El agobio que impone el clima andaluz y la asfixia social de la España de preguerra se palpan a metros del escenario de Bodas de

sangre, en la versión que dirige Marcelo Caballero en el teatro El Método Kairós.

Esta puesta de uno de los clásicos del teatro en español hace honor a su origen, con un elenco de doce actores, de los cuales siete son españoles, y con un agregado de flamenco que marca aún más el tono trágico de la obra.

“El proyecto surgió hace un año, y me dio la posibilidad de volver a hacer este texto que, para mí, es fundacional. Ya había dirigido una versión, pero quería volver”, cuenta Caballero, un rosarino de 28 años que también se ocupó de la escenografía y la producción.

Bodas de sangre se estrenó en Madrid en marzo de 1933 por la compañía de Margarita Xirgu. “Y en octubre de ese año, Lola Membrives la estrenó en Buenos Aires y Lorca vino para ese estreno”. Ochenta años después, en el barrio de Palermo, su espíritu está intacto con este drama de amores cruzados, imposibles, impíos que parecen destinados a secarse como los cauces de agua de la ardiente Granada.

“Lorca escribe esta obra luego de leer en las noticias la historia de un crimen ocurrido durante una boda”, cuenta Caballero. “Y por eso, como toda su obra, además de la historia que relata, está haciendo un planteo social del cual fue víctima él también”. El romance truncado por los parámetros sociales es un tema universal, pero García Lorca le puso el color local con su poesía. Y ese cruce es el que le da la vigencia de un clásico.

“El plantea que la historia no la hacen sus protagonistas, sino la sociedad en la que viven”, dice Caballero. “Y mi búsqueda apunta a eso: la disolución de protagonismos”. Así funciona esta puesta, con los actores moviéndose entre luces y humo, con el establo como centro de todo. A eso, se suma la música, a cargo de Héctor Romero en guitarra y Pablo Alexander en percusión, que acompaña exactamente cada situación. Está el taconeo de las bailaoras que repercute como el trote de los caballos, la Luna recitando el drama que se avecina y las nanas cantadas como arrullo y lamento.

“Romero trabajó sobre partituras originales escritas por Lorca y las recreó especialmente para musicalizar las poesías que se intercalan en la obra”, explica el director.

En el elenco están los argentinos Christian Alladio ( Leonardo), Lizzy Pane ( la novia), José Manuel Espeche ( el padre), Tiki Lovera ( la madre) y Mercedes Mastrofierro ( la criada), que se lucen. Lo mismo que los españoles -todos actores que viven aquíGonzalo Ramos ( el novio), Pepa Luna ( la suegra), Carmen Mesa ( la vecina), Chusa Blasquez ( la mujer), Jaime Díaz ( la Luna) Conrado Busquier ( el leñador) y Lucía Andreotta (la mendiga) que le aportan la cuota sonora ( en la dicción de los textos y en las canciones) y visual ( en los taconeos y bailes flamencos) para que esta puesta brille con un texto que no tiene desperdicio. Un Lorca que se siente como en su casa.