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Tick Tick Boom

por Mariana Petraglia / DESDE MI BUTACA

La urgencia de vivir antes de que sea tarde

Lejos de ponerme contrafáctica, me pregunto:

¿Qué hubiese pasado si “Superbia” hubiese sido un éxito desde la primera lectura?

¿Jonathan Larson habría seguido escribiendo obra tras obra simplemente porque era escritor?

¿Por qué no se abandona una pasión, incluso cuando el mundo no responde?

Fui a ver Tick, Tick… Boom! en el Paseo La Plaza. Ya la había visto.

Y sin embargo, esta vez fue como si todo sucediera por primera vez.

Tal vez porque esta obra tiene esa potencia: no importa cuántas veces la veas, siempre encuentra la forma de hablarte de nuevo.

La dirección de Marcelo Caballero es clara, sensible, lúcida. No se impone: acompaña. Y en ese acompañar, todo se ordena con precisión y belleza.

Es una obra que habla de eso que a veces evitamos nombrar: el miedo al tiempo que se va, al fracaso, a no dejar huella.

Pero también es una obra sobre lo que arde. Sobre lo que se insiste. Sobre lo que se escribe aunque duela.

Jonathan Larson se sentía una bomba de tiempo. Un cuerpo a punto de estallar por todo lo que quería decir.

Y acá estamos, escuchando aún el eco de ese estallido.

La puesta es pequeña en número, pero gigante en impacto.

Federico Coates le da cuerpo y alma a Jon. Tiene esa mezcla tan poco frecuente de intensidad y ternura.

Pedro Velázquez aporta ritmo, contención y los guiños justos en los momentos adecuados.

Lucien Gilabert es presencia, entrega, voz y verdad. Como siempre!!! Como la primera vez que la vi haciendo “Lo quiero ya”, dirigida también por Marcelo Caballero 🫶🏻

Los tres se ensamblan con precisión, sin esfuerzo aparente, como si la obra también los estuviera escribiendo a ellos mientras la hacen.

Hay una banda en vivo que vibra como un personaje más.

Al final, sin pensarlo, el público pide “¡otra!”. Como si no quisiéramos irnos. Como si todavía quedara algo por cantar.

Juan Pablo Sosa, Federico Oviedo, Pedro Sosa, Malvina Borges y Giuliana Sosa sostienen y elevan la historia desde cada nota.

Una cámara proyecta en escena una segunda mirada.

No es distracción, es recurso.

Un reflejo de esa voz interior que a veces no queremos escuchar.

Ver esa otra perspectiva en simultáneo suma una capa más de sentido.

Y entonces, lo simple se vuelve profundo.

El cuaderno como regalo de cumpleaños.

Saber que lo iba a usar para escribir Rent.

Saber que no iba a estar en el estreno.

Eso me estrujó algo adentro. Como si el tiempo de Jon fuese también el mío, el nuestro.

Y así, con la emoción desbordada y cierta confusión a bordo, aplaudimos a rabiar.

No solo por lo que vimos. Sino por lo que sentimos.

Por lo que comprendimos —una vez más— sin que nadie nos lo explique.

Porque lo contrario a la guerra no es la paz.

Es el arte.

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La sirenita, una experiencia inmersiva y un espectáculo familiar de gran calidad

por Gustavo Llados / LA NACION

La primera versión teatral en español del clásico de Disney se destaca por su extraordinaria puesta, una dirección rigurosa y grandes interpretaciones

Finalmente llegó a la Argentina la comedia musical de Disney que hace unos años prometía repetir los dos sucesos de La Bella y la Bestia en la Avenida Corrientes, los de 1999 y 2010. Pero por los vaivenes de la economía local, La sirenita arriba recién ahora, con un retraso de más de una década y con 45 minutos menos de duración. Es que al momento de su estreno en Broadway, en 2008, la versión teatral del exitosísimo film animado de 1989 constaba de 29 temas y escenas, incluía un entreacto y se extendía más allá de las dos horas. Con los años, aquella versión original devino en una abreviada (de 20 escenas), que compacta el argumento y maximiza los recursos de la puesta, que hoy se conoce como “la internacional”. Esa versión, que viene recorriendo desde 2012 diversas plazas teatrales de Europa, Rusia y Japón, es la que esta semana subió al escenario del Teatro Gran Rex y se erige en la primera en idioma español en todo el mundo.

La historia sigue siendo la misma: la de Ariel, la joven sirena que aspira a abandonar la vida en las profundidades del mar para convertirse en humana y poder vivir en la superficie su amor por el príncipe Eric, al que conoció en un naufragio. En su intento por lograrlo le entrega su hermosa voz a la bruja del océano, el pulpo Úrsula, quien a cambio le confiere cuerpo de mujer pero, claro, también la deja muda. Lo que cambia son algunos aspectos de la trama: ahora se hace explícito que el rey Tritón (padre de Ariel) y la malvada Úrsula son hermanos, y que esta mató a la esposa de aquel. También desaparecieron varios temas (entre ellos “Cuestión humana” y “Quiero que los buenos tiempos regresen”), se añadió uno nuevo (“Dulce niña”) y se modificó el orden de ciertos pasajes.

La sirenita no es el mejor musical de la factoría Disney, pero sí uno muy efectivo y de gran impacto visual, destinado a un público familiar y a la platea más menuda. Mucho más que Matilda y School of Rock, los dos mega musicales que el mismo grupo productor (conformado por MP Producciones, Ozono Producciones y los Rottemberg) presentó en esa misma sala los dos años anteriores.

Uno de los principales atractivos de la versión actual es su carácter inmersivo. Desde un comienzo la platea vive la historia como si estuviera inmersa en las profundidades del mar. Eso es debido a la utilización de pantallas, videos y proyecciones a gran escala (labor a cargo del eximio Maxi Vecco), que abarcan todo el fondo y los costados del inmenso escenario del Gran Rex, y a efectos propios del 4D, como propulsores de burbujas, instalados en lugares estratégicos de la sala. Así, el público pasa a ser prácticamente un personaje más de la obra y a vivir “en carne propia” las distintas instancias de la trama.

El otro gran atractivo son las interpretaciones, en especial dos de ellas: las de José María Listorti, como el simpatiquísimo cangrejo Sebastián, fiel sirviente del rey Tritón con acento cubano, y Evelyn Botto como Úrsula, la bruja del mar emparentada con la magia negra. El exhumorista de Showmatch vuelve a sorprender con un personaje a su medida, que también le da la posibilidad de lucirse como cantante ¡y bailarín!. Y la locutora, cantante y actriz de doblaje es la gran revelación del evento, gracias a una caracterización física elaborada milimétricamente, con un exacto mix de malicia y humor y al portento de su voz. Ambos actores se ganan –muy merecidamente- las mayores ovaciones de la noche a telón abierto; él, después de su número “Bajo el mar”, y ella tras el cuadro “Tristes almas sin paz”.

Osvaldo Laport, sin grandes chances de demostrar su capacidad para el género (porque su personaje fue el que más sufrió recortes en la actualización de la puesta y solo se le permite entonar un par de estrofas), se destaca de todas maneras por su voz clara y autoridad escénica como el rey Tritón, ese padre cariñoso al que le cuesta “doblegar” a su rebelde hija. Pablo Turturiello, como el príncipe Eric, da aquí un paso adelante y bien firme en su carrera en los musicales, tras su protagónico en Footloose y el telefilme Cuando Frank conoció a CarlitosValentín Zaninelli, en el rol del pececito Flounder, el mejor amigo de Ariel, demuestra tener gracia y buena voz en “Es amor”. Y Nahuel Adhami, como la gaviota Scuttle, hace de “Optimístico” otro de los grandes momentos de la noche, gracias a su triple talento como actor, cantante y bailarín.

Lo de la debutante Albana Fuentes (surgida de un arduo casting entre 1723 candidatas), en el rol protagónico de Ariel, es un verdadero capo lavoro. Dueña de una hermosa voz, su interpretación destila encanto y ternura y su esforzado trabajo corporal mientras canta, imitando los ondulados movimientos acuáticos -¡incluso hasta colgada de un arnés!- es tan perfecto como asombroso.

Por último, hay que destacar la dirección de Ariel Del Mastro Marcelo Caballero, que una vez más, en tándem, ofrecen un acabado trabajo de relojería, donde nada desentona y todo fluye, y el respeto por el público y el buen entretenimiento terminan ganando.

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«Chanta»: el espejo cínico de una Argentina al revés

por JUAN PABLO RUSSO / EscribiendoCine.com

Agustín “Rada” Aristarán encarna a Julio Ballesteros en una obra escrita por Cohn, Duprat y Becerra, dirigida por Marcelo Caballero. Una puesta que desnuda la hipocresía social con humor corrosivo, relato invertido y una crítica tan filosa como necesaria.

En Chanta, la escena no es solo un escenario: es un confesionario al revés. Julio Ballesteros, encarnado por Agustín “Rada” Aristarán, inicia su relato desde el interior del ataúd que lo acompaña a su última morada, desatando una cronología invertida donde el pasado se revela como epitafio de una vida en constante impostura. Recorre su vida hacia atrás, como si el tiempo se hartara de fingir coherencia, y ese recurso no es sólo una apuesta narrativa: es un dispositivo político, simbólico, mordaz.

La obra escrita por Mariano Cohn, Gastón Duprat y Juan José Becerra se instala en un terreno conocido pero renovado: la revisión biográfica como juicio moral, y la comedia como catalizador de lo trágico. Bajo la dirección de Marcelo Caballero, Chanta articula ironía, crítica social y una puesta visual que potencia el artificio para denunciar lo real.

Ballesteros no busca redención. No implora perdón ni comprensión. Su voz –afilada, burlona, desencantada– hace de cada escena una interpelación al espectador. Rada despliega con precisión quirúrgica esa mezcla de comicidad y desasosiego, con el oficio de quien entiende que el humor, bien dosificado, puede ser el bisturí más agudo.

El personaje recorre, en reverso, sus ochenta años: del entierro al primer llanto. Y en cada estación de ese viaje descarnado, aparecen los rituales argentinos del éxito, la doble moral, el cinismo instalado en la política, el trabajo, el amor y el poder. La estructura de la obra –una especie de «vida al revés»– es un truco que permite desarmar la lógica lineal de la construcción identitaria. Ballesteros no se justifica: se exhibe.

Chanta no sólo divierte: provoca. El lenguaje es el arma. La palabra es la trampa. Los monólogos están diseñados como escopetazos verbales, donde cada bala apunta a una impostura cotidiana. El texto es ácido y nunca complaciente. El humor no es decorado: es estrategia. La risa que genera no es liberadora sino incómoda. La sátira opera como un espejo deformante, pero eficaz. No hay moraleja, porque no hay lección. Hay evidencia: esto somos.

Caballero entiende que el teatro también puede ser laboratorio de conciencia. La puesta aprovecha recursos mínimos pero efectivos para potenciar el discurso: iluminación que marca el paso del tiempo, objetos que muta en función del relato y una dirección que pone el cuerpo del actor en el centro, sin distracciones.

Chanta podría ser una confesión, pero es una denuncia. Podría ser un monólogo, pero es un diálogo con el inconsciente colectivo. En su cinismo, hay una invitación a pensar lo que se dice, lo que se calla y, sobre todo, lo que se actúa como sociedad.

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Legalmente rubia: la fábula sobre lo “imposible” que saltó del cine a las tablas

por Carlos Pacheco / LA NACION

Con buenas actuaciones, ritmo y colorido, la historia de superación que Reese Witherspoon protagonizó para la gran pantalla es un fuerte atractivo de la cartelera porteña

El libro de Heather Hach sigue fielmente el guion cinematográfico de Kirsten Smith y Karen McCullah. Según la versión que se presenta en el Liceo está más desarrollado el personaje de la peluquera Paulette (amiga y confidente de la protagonista) y sobre el final queda mucho más clara la relación amorosa que van construyendo Elle y su amigo abogado Emmett.

Esta experiencia teatral local es muy destacable. La dirección de Ariel Del Mastro y Marcelo Caballero le imponen muy buen ritmo al trabajo. Las escenas, aunque algunas pequeñas, condensan con rigor las diversas situaciones por las que debe atravesar la joven Elle. Sus rutinas diarias son muy cambiantes y pelear un lugar en un universo que la rechaza la llevan a atravesar diferentes estados anímicos.

Laurita Fernández posee el carisma necesario para dar vida a su personaje. Y si a eso le sumamos que encuentra el grado exacto de ingenuidad que esa muchacha necesita para expresarse, la formula cierra perfecta. Además baila bien y aunque su voz es pequeña a la hora de cantar, logra realizar una construcción muy efectiva de Elle.

Intensos también son los cuadros donde participa el denominado por la protagonista “coro griego”, conformado por Georgina Tirotta (Serena), Camila Rosen (Pilar) y Carolina Mainero (Margot). Un trío magnífico de cantantes y bailarinas, amigas de la protagonista, que la acompañan a lo largo del espectáculo demostrándole su incondicional afecto.

Ivanna Rossi se luce notablemente como Brooke, su escena presentación dentro del espectáculo es muy potente. Reconocida actriz, bailarina y cantante sabe aportarle a su personaje de presidiaria que reclama comprensión, una fuerte credibilidad. Costa construye a Paulette con todos los guiños a los que el espectador está acostumbrado a reconocerle. Coloca su mundo en escena y juega y divierte al público.

Mario Pasik (el profesor Callahan), Federico Salles (Emmett) y Santiago Ramundo (Warner) dan vida a seres muy opuestos. Sus participaciones son pequeñas pero cada uno encuentra el tono exacto para expresar la conducta de su personaje dentro de ese mundo inquieto que Elle va construyendo.

El resto de elenco también demuestra mucha capacidad a la hora de cantar, bailar y participar de algunas situaciones. Y más aún cuando participan de las coreografías de Georgina Tirotta, que realmente poseen fuerza e intensidad.

Calificación: MUY BUENA ****

Mario Pasik (el profesor Callahan) y Federico Salles (Emmett) en la puesta porteña de Legalmente rubia

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Tick, Tick… Boom!: viaje musical a los 90

por Nicolas Colfer / Página 12

Situada en los 90, la puesta teatral local de Tick, Tick… Boom! crece al ritmo de las canciones (es un musical) y tres actuaciones que la rompen. El vih en sus comienzos, la dificultad por elegir entre el arte y el dinero y la fortaleza que dan los vínculos de amistad son parte de la propuesta. 

Después del éxito que tuvo la adaptación cinematográfica de Lin-Manuel Miranda, que entre otras cosas le valió a Andrew Garfield una nominación al Oscar por descoser el papel principal, era cuestión de tiempo para que Tick, Tick… Boom! se propagara por todas las mecas del teatro musical. 

El mes pasado llegó al Paseo La Plaza, con dirección de Ariel del Mastro y Marcelo Caballero. En clave autobiográfica, la obra nos muestra el proceso creativo de Jonathan Larson en el momento más crítico de su vida. A punto de cumplir treinta, el pibe se debate entre pegar un buen laburo y dedicarse a escribir una obra que lo catapulte al éxito. Mientras tanto, trabaja en uno de esos cafés estadounidenses que nos recuerdan que ni ahí son el mejor país del mundo. Y tiene novia, obvio, pero ella no quiere saber nada con la vida bohemia a la que él está agarrado. 

Cuando el capitalismo aliena a tu pareja, you know… Para colmo, es 1990. La homosexualidad sigue siendo un tabú y el mejor amigo de Jonathan está sufriendo los primeros reveses del SIDA. Acá entramos nosotres: Tick, Tick… Boom! nos lleva de nuevo a la Nueva York de la pandemia (de aquella, la original y repetible) para recordarnos que, incluso en el pináculo del sueño norteamericano, la propagación del SIDA fue devastadora. Lo interesante es que, a diferencia de otras narrativas similares, Tick, Tick…Boom! no nos expulsa con la lejanía de sus representaciones. 

Al contrario, rescata la impotencia y el dolor de aquellos años con un filo preciso, que nos permite espejar la desolación de nuestra experiencia local. La argentinidad le queda bien a esta adaptación. Si no fuera porque la historia nos sitúa permanentemente en la Gran Manzana, bien podríamos comprar que Larson vive en el Abasto y su amigo labura en Microcentro. Las canciones, adaptadas al castellano por Marcelo Caballero, Lucien Gilabert y Juan Pablo Schapira, parecen extrapolaciones del rock nacional.

Es una partitura con relieves; los temas no nos dejan nunca en el lugar al que nos hacen pasar. Un plus: la fuerza del trío protagónico. Federico Couts, Lucien Gilabert y Pedro Velázquez se compenetran y nos hacen cómplices de su química. Los momentos duros tienen matices de ternura y nos recuerdan que, en más de un sentido, hoy estamos mejor. No se pierdan Tick, Tick… Boom!; quedan cuatro funciones y dan ganas de abrazar amigues.

https://www.pagina12.com.ar/446839-tick-tick-boom-viaje-musical-a-los-90

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Juegos… ¿Cuál es tu límite?: la crueldad del ser humano

por Pablo Gorlero / LA NACION

En 1976, el año en que Roma Mahieu estrenó su primera obra: Juegos a la hora de la siesta, recibió los premios Molière y Talía. Fue un suceso de público, pero cuando los militares se dieron cuenta de su significado, la prohibieron a principios de 1978 por «su contenido manifiesto de postulados disociantes y la descripción de técnicas propias de la subversión». Cosas de aquellos siete largos años. La obra muestra a un grupo de ocho chicos en una tarde de juegos. Esa idea sirve para reflejar, a través de la violencia infantil, la opresión sádica y salvaje de la sociedad, desde una visión piramidal, y de los mismos individuos, como comunidad. No es una simple mirada sobre el mundo de los niños, sino que ellos son utilizados como un reflejo de los adultos. Es decir, el sadismo de los mayores queda plasmado a través de las distintas aristas de la brutalidad infantil.

Lo que hacen estos chicos es imitar los comportamientos más salvajes y mezquinos de los grandes. Hay un tirano déspota, amado y temido, algunos «diferentes», el que tiene condición de esbirro, y algún inocente peligroso. Ellos compiten por un status y el miedo es el protagonista principal de estos «juegos». La muerte ronda también, pero el temor que la rodea no es más que miedo a la vida. Es una parábola de la crueldad, expuesta en forma cruda

Juegos… es una versión musical de la obra de Mahieu, inteligente mirada de los talentosos Marcelo Caballero y Juan Pablo Shapira que supieron condensar lo necesario como para cederle terreno a la música y lo visual. Porque esta no es una obra presencial, sino un streaming a ocho cámaras. De los mejores que se han hecho sobre una obra de teatro. Ariel del Mastro tiene el mérito, con su mirada abarcativa y exquisita, en un espacio amplio, despojado pero muy bien aprovechado. Es una propuesta inquietante, con coreografías funcionales, dinamismo y una tarea interpretativa que resalta los ribetes más absolutos del teatro de la crueldad. El elenco de jóvenes talentos es compacto y sobresaliente, pero corresponde resaltar los trabajos de Agustina Cabo, Nicolás Cúcaro, Tomás Kirzner y Julia Tozzi. En la actuación se hace la diferencia.

https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/teatro/juegos-cual-es-tu-limite-crueldad-del-nid2536466/

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Somos nosotros: una divertida propuesta sobre el poliamor

por Monica Berman / La Nación

La obra que dirige Ariel del Mastro logra una clara empatía con la platea, que goza y ríe sin parar.

Somos nosotros es un conjunto de personas, adultos jóvenes, cuyo plural remite a un “nosotros” exclusivo. Quienes arman ese universo son ellos, los del escenario, y todos los otros que coinciden con ellos. El eje central de la dramaturgia es el concepto de poliamor: se preguntan si es posible amar a dos personas la vez. Vale si el espectador o la espectadora no piensa que sí de antemano. Si piensa que sí, todo el juego de argumentos se invalida.

Respecto de la puesta escenográfica hay algo muy interesante, se supone que lo que se tematiza es un concepto que transgrede la norma, que pone en cuestión la larga tradición de la monogamia (ninguna tradición se construye sola) y el espacio escénico es verdaderamente mutante: los practicables blancos, sobre una alfombra del mismo color permiten sostener todas las transformaciones en espacios y en colores en función de la iluminación. Los juegos de metamorfosis se producen ahí, en el lenguaje escénico.

Respecto de las actuaciones, todos despiertan la empatía y la complicidad en la platea pero cabe destacar a quien logra un trabajo más sutil porque va del trazo grueso de personaje exacerbado a otra construcción casi opuesta: Lionel Arostegui.

Una pequeña aclaración: si el lector es amante de Casa tomada, de Julio Cortázar, sepa que se va a encontrar con dos lecturas de ese cuento: una en chiste –pero los chistes son chistes–, y una en serio que es, al menos, polémica.

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CRÍTICA: SOMOS NOSOTROS

por Teatros Argentinos

«Somos Nosotros» es una obra de Macarena Del Mastro Marcelo Caballero, que plantea una historia conocida (como dicen ellos mismos «hasta acá, una obra más») cuando un tercero irrumpe en la vida de una pareja feliz y el mundo que habían construido se sacude. 

Pero lo ya conocido o previsible, va mucho más allá de lo esperado y se desata una comedia excelente que pone en escena esas preguntas que pasan por la cabeza y que no se suelen plantear a la pareja. A partir de ahí surge la pregunta ¿Cuánto te animás a compartir con tu pareja?. 

La obra toma como punto de partida una tentación cotidiana y la despliega con intensidad, humor y vértigo, invitándonos a repensarlo todo. 

«Somos Nosotros» es la primera obra que vemos que toca el tema de la infidelidad, la monogamia, los prejuicios y el amor abierto con tanta madurez. Si bien es un tema actual y para muchos polémico, felicitamos a Del Mastro y Caballero por la inteligencia con la que escribieron el texto, porque las risas fluyen y crecen con el correr de la obra, dando como resultado una comedia excelente, y para nada pasatista. 

Qué bueno ver que autores argentinos hayan creado una obra como ésta, que es digna de representar a la Argentina en cualquier otro país como ya lo han hecho otras obras. Se merece ser representada en varios países e idiomas.

El éxito de «Somos Nosotros» se centra en que encara el tema de las relaciones desde el amor y no desde el sexo, y ahí se diferencia de lo ya visto o leído. A partir del amor, tocan tantos temas como la hipocresía, la mirada ajena, la comprensión, y los sentimientos desde otro enfoque, lo que hace que esta obra se destaque en la actual cartelera porteña.   

El elenco es inmejorable y está integrado por Sofía PachanoTomás FonziFederico CyrulnikMicaela Lapegüe Lionel Arostegui. Las interpretaciones son frescas, sentidas, naturales y divertidas. Ellos son clave para lograr el gran resultado que se ve en escena; pero todo cierra a la perfección gracias a la dirección general de Ariel Del Mastro.

Otro punto a destacar es la escenografía. Es simple y es moderna, y en conjunto con un perfecto diseño de iluminación, generan un entorno visual ideal para el espectador.

«Somos Nosotros» es de esas perlitas que aparecen de vez en cuando en las temporadas y, por todo lo dicho anteriormente, es un combo teatral perfecto que les recomendamos ir a ver.

https://www.teatrosargentinos.com/2022/01/critica-somos-nosotros.html
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Juegos

por Rita Hostt / SOBREBUE

El nuevo espectáculo de Ariel del Mastro es el nuevo hit del musical argentino. La temática pega fuerte y la música original es imperdible.

Basada en la obra prohibida de Roma Mahieu, Juegos nos abre el mundo de un grupo de compañeros de escuela que, lejos de las miradas del mundo adulto, exploran a través del juego sus lugares menos permitidos. Los juegos serán el canal por el cual se expondrán problemáticas tales como el bullying, la discriminación, el descubrimiento del cuerpo, los secretos familiares y los límites, liberando la violencia y los prejuicios contenidos.

El espectáculo fue creado para verse por streaming pero estrena presencialmente el 10 de enero y ya se sabe que va a ser imperdible, así es cuando hay un equipo que desborda tanto talento. Los jóvenes artistas (que la rompen) son: Agustina Cabo, Nicolás Cucaro, Tomás Kirzner, Carolina Kopelioff, Alan Madanes, Maia Reficco y Julia Tozzi. De la adaptación, la dirección de actores, las letras de canciones y la puesta en escena se encarga nadie menos que Marcelo Caballero, ¿Te suena Lo quiero ya, mejor musical off 2018?. Donde está Caballero es probable que también esté Juan Pablo Schapira -y viceversa- quien se ocupa de la música, la dirección musical y las letras de canciones. Muchas ganas de que salga el disco porque los temas son una bomba. Cuando un dúo funciona, se nota, Schapira y Caballero ya trabajaron juntos en Lo quiero ya, Piano blanco, La población y Una mísera historia.

De Ariel del Mastro no podemos esperar nada menos que un espectáculo con todas las letras, acá el foco está puesto en contar el cuento y la atención no se escapa para ningún otro lado. Juegos es una obra que se hace preguntas y las responde visceralmente, es pura pólvora y peligro, está viva. Súper recomendable.

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Juegos ¿Cuál es tu límite?

por Monica Berman / LA MAQUINA DE ESCRIBIR

¿Por dónde empezar? Todo inicio es necesariamente arbitrario. Todo recorte, uno entre múltiples recortes.Asociamos, no nos queda otra, con aquello que nos tocó, que nos resulta significativo.

Entonces elijo: “No va a venir. Son mentiras lo de la enfermedad y que va a tardar unos meses, eso me dijo la tía, pero yo sé que no va a venir. A vos te lo puedo decir porque vos entendés las cosas” primeras oraciones de Conejo, el maravilloso cuento de Abelardo Castillo que le da la voz a un niño; a través suyo nos enteramos de una serie de cosas del mundo de los adultos que, realmente, no querríamos que existiesen. 

Aproximadamente unos quince años después se estrena Juegos a la hora de la siesta de Roma Mahieu…mientras los adultos duermen, los niños juegan y reproducen lo que ven y procesan como pueden lo que viven. 

También se puede empezar por otro lado ¿qué tematizan los musicales? ¿se puede generalizar rasgos de su dramaturgia en términos estadísticos? ¿qué imaginario de los musicales construyen los que no son espectadores de musicales? Ay, cuántas dilaciones, qué preguntas inútiles…

Se podría, por ejemplo, hacer una especie de genealogía de lo que dirigió Ariel Del Mastro y veríamos coherencia y cohesión.

Vamos a decirlo tímidamente hay tanto musical con dramaturgia tan flojita (y no es una referencia a lo vernáculo)  que cuando en el género se juegan dan muchas ganas de festejarlo. 

Pero digamos más: toda puesta en escena es una transposición con respecto a un  texto dramático pero en este caso, además, hay una adaptación (brillante) que lleva el cambio de género a una propuesta fascinante.

Ahora sí, en el centro una plataforma circular inclinada. Por debajo algo así como ¿aserrín? (mmm, sin certeza) un elemento volátil, sin duda, que se adhiere a las superficies y que se desparrama con facilidad. Notable metáfora de la puesta. Algo así como una síntesis de lo que vendrá. La imposibilidad del equilibrio, la ausencia de la estabilidad, un soplo apenas dilapida en el espacio lo que estaba concentrado. La infancia es un poco así. 

La adaptación logra eludir lo que podría devenir fácilmente en posición panfletaria. El protagonismo de los intérpretes de manera sucesiva, cuando se hacen cargo de las canciones reparten algo más que las voces, diseminan el punto de vista, la focalización, las perspectivas.

Los desplazamientos colectivos  e individuales sobre el eje escenográfico proponen un reparto del espacio en sentido literal pero también figurado (Alonso corriendo alrededor del círculo cuando ya no lo controlan, es un ejemplo delicioso de esto).

Los intérpretes tienen un nivel muy parejo y cada uno tiene su momento de lucimiento tanto como cantantes como en su trabajo de actores. La escena de la caja con un gorrión invisible al que todos percibimos como real, los gestos, los miedos, los exabruptos… son casi una lección de estos jóvenes (pero en absoluto inexpertos) actores.

La letra y la música de las canciones, la interpretación de las mismas (algunas de una belleza inefable)… 

Es cierto que la obra de Mahieu es emblemática por una serie de circunstancias, Juegos, en su versión musical es emblemática por su calidad.

No es el texto verbal el que relata sino todo: hasta las rodilleras que, en las antípodas de una versión realista, señala el riesgo de los movimientos desde un principio.

Podría escribirse largamente, porque la cantidad de signos que se ponen en juego son profundamente interesantes pero dejemos algo de sorpresa para los espectadores. Eso sí, digamos que el primer final (porque hay otro, de los actores, no de los personajes) se inscribe a partir de la dramaturgia de iluminación de un modo tan potente que huelgan las palabras.

Se agradece una puesta  inteligente, con un trabajo de adaptación notable, con intérpretes a la altura de las circunstancias…